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Viernes , 14.12.2018 / 18:39 Hoy

Malos modos

La maravilla de tirar estatuas

Julio Patán

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A Trump lo de que tiraran estatuas de militarotes confederados le pareció una afrenta. No lo manifestó así: descalificó el hecho como una tontería y se fue a tuitear o a comer pollo frito o a correr a alguien. Pero no se le da el disimulo. Evidentemente lo sintió como un gancho al hígado, normal en quien —como hijo de un veterano de Ku Klux Klan— se ve al espejo y ve una especie de Apolo ario, un sueño húmedo de Hitler. Y es que Trump no entiende que el mejor servicio que le hicieron al siglo XX las estatuas fue justamente ser derribadas.

Desde que existen las cámaras, tirar una estatua es crear un símbolo más poderoso que la estatua misma. Leo en MILENIO que Ucrania se precia de haber derribado cada una de las 1200 efigies de Lenin que ofendían a sus ciudadanos. Claro. Ellos, que lo padecieron, sabían de la importancia de liquidar en imagen al padre de la hambruna soviética, de los campos de concentración, de la idea —fundadora de todos los comunismos y fascismos que en el mundo han sido— de que la felicidad implica el exterminio. La imagen no es solo ucraniana: todas las repúblicas soviéticas y todos los países de la Cortina de Hierro entendieron la importancia de librarse de esos infames mazacotes bolcheviques. Otro tanto podríamos decir de la estatua de Sadam Hussein en Bagdad. Son imágenes, las de esos derribos, que repetimos una vez en los medios y en nuestras cabezas porque son símbolos de esa libertad que tanto cuesta ganar. Las estatuas, en ese sentido, son los regalos a largo plazo que nos dan los autócratas; la fiesta que paga, sin saberlo, el tirano. Estoy seguro de que es por eso que Fidel, el Maquiavelo del Caribe, ese ejemplo insuperable de egomanía, de arrogancia, no sembró de estatuas Cuba, el parque temático a su mayor gloria que se inventó el año 59. No iba a darnos ese regalo. Se homenajeó de todas las otras maneras posibles, eso sí.

La de Estados Unidos, claro, no es una historia de autócratas. Digan lo que digan, es un país que ha sabido blindarse a las tiranías. Hoy, sin embargo, buena parte de ese país, la parte luminosa, libertaria, se sabe en guerra contra un candidato a autócrata. Y lucha, resiste, lo mismo por escrito, que en manifestaciones, que tirando las estatuas de esos matones que se jugaron la vida para defender el esclavismo.

No, no es casualidad que esos derribos ocurran justo ahora. Lo que no entiende Trump es, en fin, que los derribos los provocó él.

Gracias, señor presidente.

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