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Domingo , 09.12.2018 / 20:16 Hoy

Malos modos

La fábrica de tontos

Julio Patán

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El término es espantoso, pero usémoslo: el liderazgo puede tener naturalezas muy distintas. Están los líderes que sacan lo mejor de sus colaboradores. Es una forma digamos que aburrida de ejercer el poder, porque implica humildad. Implica dejar de girar en torno al eje de ti mismo —la expresión es del novelista Thomas Pynchon—, reconocer tus limitaciones, voltear hacia los otros, identificar sus virtudes y ponerlas a trabajar en favor de una causa compartida, donde causa debe entenderse, también humildemente, como eficacia en la gestión. Implica, pues, no entender el poder como iluminación, sino como un oficio obligadamente compartido. Como servicio, no como salvación.

Y están los otros liderazgos: los de aquellos que desgranan verdades de las que sus seguidores —nunca colaboradores— deben hacer eco, primero, y luego ser militantes, promotores, evangelistas, sin atención al sentido común, los hechos que ya sabemos que son de una tenacidad asombrosa, la congruencia con los principios que has defendido siempre o incluso la decencia más elemental, más de andar por casa.

Del Presidente electo se ha dicho, con evidente ironía, que purifica con su contacto: el priista corrupto se vuelve un héroe cívico, el evangelista un activista LGTB. A reserva de lo que ocurra en los siguientes años, lo
que parece lograr es exactamente lo contrario, como quedó claro con la llamada consulta aeroportuaria pero también desde antes: que el activista por los derechos de las llamadas minorías sexuales aplauda una alianza con el PES, que el experto en números —perdón: data— diga que la consulta sí es consulta y que decir lo contrario es ser clasista y odiar a los pueblos originarios, que el activista se vaya a comprar un Speedo porque el lago de Texcoco neta ahí está y se va a ir a chapotear entre los patos —no te molestes en cargar toalla, hermano—, que mister Ivy League diga que si los inversionistas se espantan con Santa Lucía entonces que chinguen a su madre los inversionistas porque llegó la hora de ¡cambiar de régimen económico! En el extremo, pueden celebrar una sandez de baja estofa como que el hecho de que la esposa de un periodista, Carlos Loret, trabaje como consultora en una empresa que recibió un contrato de la administración de Peña es una evidencia de ¿corrupción? Ni siquiera eso queda claro. Sí, el periodismo, por llamarlo de algún modo, también es víctima de la epidemia.

Desde luego, la responsabilidad es compartida: los acólitos siempre llegan solos, entusiastas. Pero verlos sentaditos en el templo, cantando a coro con los ojos en blanco, es sintomático de que algo va mal en las altas esferas. El poder, sí, puede ser una fábrica de tontos. Ojalá que el presidente electo se rodee de la inteligencia que merecemos todos sus gobernados.

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