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Malos modos

Julián Herbert, cuentista

Julio Patán

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Como tantos, empecé a leer a Julián Herbert (Acapulco, 1971) gracias a Canción de tumba, y en algún lugar de mi cabeza lo dejé clasificado entre los escritores de distancias largas, esos que ganan las peleas por decisión. La verdad, es su culpa. La novela, una pieza testimonial sobre su madre, una mujer dedicada a la prostitución que murió de leucemia demasiado pronto y con demasiados padecimientos, es implacable pero compasiva, pero elegantemente triste, pero dotada de humor, y reflexiva, sí, con esos momentos como aforismos, pero con una envidiable capacidad de observación, de retratar al mundo. Se entiende, pues, que haga olvidar que Julián en realidad ya había publicado cuento y poesía. Luego vino La casa del dolor ajeno, su libro sobre la inmigración china a la Laguna (vive en Saltillo desde hace años) y la masacre de trescientos y pico chinos a manos de las tropas revolucionarias y ciudadanos del común que se apuntaron a la matanza, y la cosa se acabó de joder... Hasta ahora.

Acaba de recordarnos Herbert que es cuentista, y con un manotazo en la mesa. Llega a mis manos Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, un libro que podría usarse como manual para enseñar las mil posibilidades del relato breve como género.. Maldito Herbert. Da envidia. Ahí están sus virtudes de novela: el humor desaforado y sin contemplaciones —¿a quién se le ocurre que un personaje vomite en la mano de la Madre Teresa, disculpen el medio spoiler?—, la capacidad envidiable para frenar en seco un párrafo lleno de intensidad poética con una vulgaridad impecable, la ironía, los visos de auto escarnio. Pero es que además en apenas diez cuentos, 185 páginas, se las arregla además para moverse cómodamente del relato de dos paginitas al de 60, para incluir homenajes al cine —evidentemente, eso es el cuento que da título al libro, un tributo bicéfalo a Tarantino y Sam Peckinpah—, para pensar en el oficio mismo de escribir y hasta para burlarse un poco de sus colegas. Para recordarnos, pues, que también en un volumen de relatos breves cabe todo; que el cuento es un género maleable y generoso con tal de que lo sepas ejecutar. Hasta a la literatura del narco le da tiempo de apuntarse, y no entro en detalles.

Esta vez, Julián Herbert gana por nocaut. Diez nocauts seguidos.

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