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Miércoles , 17.10.2018 / 20:20 Hoy

Malos modos

Harper Lee, II: el afortunado regreso de Scout

Julio Patán

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Prometí escribir sobre el nuevo libro de Harper Lee. Con retraso, pero pongo el acto después de la palabra.

La obra de Lee vale como homenaje a los editores. A mediados de los 50, la todavía joven escritora avanzaba en una novela que alternaba momentos de la vida presente de su personaje, Scout, que volvía a Alabama convertida en una joven para visitar a su familia, con viajes al pasado, flash backs donde recordaba su infancia en Maycomb, un pueblito racista y pobre. La editora supo ver que las partes más poderosas del libro estaban en los pasajes de infancia de Scout, y le encargó a Lee un nuevo libro a partir de ellos, el que sería Matar a un ruiseñor. El primer manuscrito, transformado en Ve y pon un vigía, sólo reapareció 55 años después, a saber en qué archivo perdido.

Fue una gran decisión editorial. Matar a un ruiseñor es un relato mucho más compacto y efectivo que su (ahora) secuela. Sobre todo, es menos didáctico. La novela se publicó el 60, cuando arreciaba la lucha por los derechos civiles, y el riesgo de deslizarse hacia el panfleto era grande, como se comprueba al leer esta continuación, en la que Scout, que ya vive en NY, se horroriza por la carga de racismo y tensión social que se deja sentir entre blancos y afroamericanos, mucho más fuerte que en su infancia. La cosa va de veras mal, porque —spoiler— hasta su padre, el digno y sabio Atticus Finch, o sea el hombre que encabezó la defensa de un negro acusado injustamente de violación en Matar aun ruiseñor, parece haber sucumbido a las tentaciones del racismo. Y caray, Scout, sí, de pronto cae en el melodrama, de pronto en cierta condescendencia. La quebró el Sur profundo.

Esto no significa que la novela sea un desperdicio. Si Ve y pon un vigía reivindica la figura del editor, otro tanto hace por su autora. Lee tiene patinazos, sí, y el libro se siente inconexo, como una colección de estampas o microhistorias, pero esos patinazos alternan con momentos brillantes. De entrada, la Lee se atreve más: el retrato del Sur pierde todo romanticismo y la novela tiene un extra de desencanto y violencia sexual que llega a pegar fuerte. Son momentos verosímiles, sorprendentes, vívidos, como sólo puede permitírselos una escritora de verdad. Cualquier sospecha sobre la autoría de Matar a un ruiseñor queda, pues, descartada.

Qué personaje poderoso, Scout. Solita, de niña, construyó una de las novelas centrales del siglo XX. Muchos años después, adulta, volvió a reivindicar a su autora.

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