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Domingo , 27.05.2018 / 07:39 Hoy

Malos modos

Guerrillas: menos Saramago, más Ellroy

Julio Patán

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No me gustan los guerrilleros. No al menos los que deberían gustarme, o sea los comunistas, esos que protagonizaron la épica de los 60 y 70 en la intelligentsia mexicana. Lo que nos enseñaron en las escuelas progres y las casas del exilio argentino es que el Che, Genaro y Lucio eran tipos que luchaban por la libertad y la igualdad, contra gobiernos represivos y autoritarios. Sí, oíamos en las sobremesas que lo de la URSS no estaba bien, pero es que el modelo soviético era una degeneración de los ideales de Marx y Lenin. No se vinculaba el discurso leninista, pura violencia mesiánica, con las noticias de los horrores perpetrados por la 23 de Septiembre o Sendero Luminoso.

Hicimos cosas de un pésimo gusto: leer a Benedetti, colgar posters del Che, escuchar a la nueva trova cubana, esa forma gangosa de la ideología. Luego hubo un poco de luz. En los 80 se impusieron la apertura comercial y el liberalismo, con lo que aquella pesadilla somnífera de peñas y festivales de oposición se recluyó en una creciente marginalidad. Remataron la faena la caída del Muro y el tardío descrédito de Fidel. Pero la plaga volvió con el Sub, que nos hizo olvidar a punta de ironías seudomonsivaianas el modo en que sus soldados con rifles de palo fueron masacrados en Ocosingo y puso en la palestra a perlas del idioma como Eduardo Galeano. Detrás, como hilo de media, se dejó venir el resto de los promotores del utopismo neoguevarista, Saramago a la cabeza. Y es que el prestigio de las guerrillas sesteó pero no murió. A nadie se le ocurrió pensar que la cleptomanía del sandinismo y los collares de explosivos de las FARC no eran accidentes históricos, sino consecuencias obligadas de un esquema totalitario de pensamiento, tal vez porque el análisis político, en amplios frentes de la izquierda, estaba y está dominado por la fe, una fe travestida de laicismo.

A eso responde que el pensamiento dominante, el verdadero pensamiento dominante, siga vivo, y que no haya modo de encontrar un estudio equilibrado, por ejemplo, de las guerrillas mexicanas y la guerra sucia. Montemayor en Guerra en el paraíso, Poniatowska en No den las gracias (su oda al Güero Medrano) o Fritz Glockner en Memoria roja enhebran historias en negro y blanco, policías malos contra guerrilleros buenos, que muy poco se parece a la otra historia, la de los secuestros y los tiros de gracia. Aquellos años enfrentaron a policías atroces con rebeldes ni un poco mejores, a torturadores con torturadores, asesinos con asesinos. Fue una historia de novela negra contada por corazones rosas.

Sobra Saramago, falta James Ellroy.

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