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Malos modos

‘Ellos hablan’: el macho que somos

Julio Patán

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Las cifras sobre feminicidios, sobre la llamada violencia de género que azota a tantas y tantas familias, sobre la falta de igualdad en las condiciones de trabajo, sobre el acoso y el abuso sexual o sobre la llamada “pornovenganza” son suficientemente ilustrativas, pero pueden acercarse sino a las redes sociales, destacadamente a Twitter, y constatar que hay algo profundamente patológico, profundamente disfuncional, en el modo en que los hombres —no todos, pero demasiados— solemos entender, vivir, enseñar, procesar “lo masculino”. Lo de las últimas dos semanas con el video que no hace falta comentar de nuevo, el vómito masivo de obsesiones fálicas derivadas en violencia sexual igualmente masificada —violencia por la vía escrita, pero violencia—, nos sorprendió a todos, por su virulencia y su protagonismo en redes, pero en realidad la sorpresa no está justificada. El machismo que se embosca en “picaresca”, en el humor en general profundamente cretino, o que incluso no se embosca y encarna en amenazas repugnantes, es el día a día, lo cotidiano. Que su víctima sea una figura pública magnifica ese hecho pesadísimo: sirve pues como recordatorio. Pero el hecho ahí está, desde siempre.

¿Cómo entenderlo? Me parece que Lydia Cacho nos acaba de regalar una herramienta muy útil. Feminista formada en las lides periodísticas, no en la academia como es frecuente, Lydia es una mujer que pregunta. Eso hizo en #EllosHablan: preguntar. Ceder el micrófono, digamos. El libro, publicado hace poco (Grijalbo), es una amplia colección de testimonios de vida de hombres mexicanos de diversas edades, ocupaciones y orígenes socioeconómicos. Se trata de crónicas personales que son también reflexiones sobre la génesis del machismo, sobre la confusión entre masculinidad, violencia y autoridad, origen de esa violencia. No es un libro fácil de leer, vaya que no. Radiografía coral de lo que somos, está permeado de tristeza, de esos horrores aparentemente pequeños —el padre distante pero autoritario que ni voltea ni dialoga, el sometimiento de la esposa, la bofetada como método educativo— y a veces claramente enormes —el militar que mató a su mujer, el hijo de un maltratador que terminó por violar a una chica de 17 años—. Pero también hay esperanza en este libro. Mucha. Lydia, al ceder el micrófono, le posibilitó a sus entrevistados cumplir con uno de los desafíos más difíciles de superar: observarse y pensarse, una manera de quitarle el disfraz de lo “natural” a lo que no lo es, al machismo. Nos regaló un espejo. Ojalá que nos asomemos todos. Vamos a ver al macho que somos. No nos va a gustar.

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