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Malos modos

Curar lo gay, curarte de la familia

Julio Patán

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Causó un incendio Mauricio Clark por decir que su homosexualidad era “cosa del pasado”. No especifica cómo logró semejante cambio, pero el anuncio, sumado a sus varias referencias a Dios, a la fe, llevaron a muchos a pensar, razonablemente, en las “terapias de conversión”.

Ignoro si Mauricio se sometió en efecto a esos procedimientos. Lo haya hecho o no, espero con cariño que logre someter a sus demonios, los que sea que lo lastimen. Dicho esto, lo de las referidas terapias clama a los cielos. Las terapias parten de la certeza atroz de que la “homosexualidad” es una aberración, y por lo tanto susceptible de cura. ¿Qué cura? Depende. Hay procesos pseudo psicoanalíticos (Freud no entendía la homosexualidad como anómala) destinados a ver dónde torciste el camino, pero también métodos digamos conductistas que son realmente torturas: encierros de días, electrochoques, agua fría, hormonas, aunados a un amartillamiento de doctrina religiosa. Onda Naranja mecánica, sí.

Las terapias son, pues, una enfermedad, y es buen momento para enfrentarla. Ya que los sectores progresistas de Morena nos tranquilizaron con que AMLO se comprometió con los derechos de las minorías sexuales, como en efecto hizo, ojalá se discuta a fondo el estatus legal de estas monstruosidades, prohibidas en varios países. Es urgente y es importante, porque son la enfermedad y al mismo tiempo el síntoma.

La última elección fue la del triunfo de la izquierda, pero también el recuerdo de que la ultraderecha religiosa está ahí, al acecho, con la familia en la boca. El PES se quedará sin registro, como dios manda, pero merodea en las cámaras, y la apuesta del PRI por el familismo fue desastrosa, pero el espíritu ultramontano rebasó las fronteras del PAN y atinó a pactar también con Morena. De ahí, de esos entornos oscurantistas, nacen las torturas que sufren muchas personas, a veces voluntariamente, como adultas, permeadas de culpa, pero muchas otras obligadas por su entorno o porque son menores de edad o, incluso, siendo mayores, mediante un secuestro “por su bien”.

Y es que, ya que estamos en la era de la regeneración, es buen momento para reflexionar a fondo en los valores de la institución familiar, que, contra toda evidencia, se sigue pensando como intrínseca o necesariamente virtuosa. Y no. Para muchos, es más bien urgente “curarse de la familia”. Confiemos en que las instituciones del México Nuevo, vía la educación, la cultura, el debate público, los ayuden a conseguirlo.

Otra terapia de conversión.

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