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Domingo , 21.10.2018 / 21:03 Hoy

Malos modos

Creo en la iglesia del beisbol

Julio Patán

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Empecé con el beis en el 78, gracias a los Yankees de Graig Nettles, Bucky Dent y Reggie Jackson. Luego abandoné esa noble afición a favor del futbol, que no lo merece, particularmente si le vas al Cruz Azul, y al boxeo, que está en una crisis profunda de talento y sobre todo de decencia. Pero el mundo permite rectificar. El fin de semana, mientras cuidaba a mis hijos que ya no me hacen caso porque la vida les inoculó la toxina de la pubertad, decidí entregarme a los placeres netflixeanos del mal cine. Así fue como di con dos películas beisboleras que no, no pertenecen al canon, pero servirán de impulso para regresarme a la senda del bien.

La primera es puro placer culposo. Se llama Mr. Baseball y cuenta la historia de un pelotero de grandes ligas conflictivo, borracho, viejo, que tiene que irse a jugar a Japón. Es chafona, pero la rescatan media hora de chistes sobre el choque entre culturas, el gran Ken Takakura, o sea “el Clint Eastwood japonés”, la belleza entrañable de Aya Takahashi y la graciosa sobreactuación de Tom Selleck, a cuyo personaje, en el clímax de la desadaptación, le informan que en la liga japonesa no se puede escupir tabaco en el campo, que “es sagrado”, a lo que responde: “En eso tienen razón”.

La otra es buena. Se llama Bull Durham y los cuarentones deben recordarla porque Susan Sarandon es un sueño, como esa mujer culta, guapa, sexuadísima, libre, que en tanto gran aficionada al beis consagra cada temporada a romancear con el pelotero más promisorio de su equipo. También están Tim Robbins, el beneficiario de sus favores, el novato con “un brazo de un millón y un cerebro de quince centavos”, y Kevin Costner, un cátcher maduro, güisquero, que ha hecho una carrera digna en Triple A. El inicio es de lo mejor de la historia del cine: “Creo en la iglesia del beisbol —dice la Sarandon en off—.Probé todas las religiones mayores y la mayor parte de las menores… Sé cosas. Por ejemplo, que un rosario católico tiene 108 cuentas y una pelota de beisbol 108 puntadas. Cuando me enteré, decidí darle una oportunidad a Jesús. Pero lo cosa no funcionó: el señor me provocaba demasiadas culpas”.

¿Qué nos dicen estas pelis? Que en el cine se vale usar el beisbol para hablar de otras cosas, siempre que no se deje de hablar de beisbol. Y es que eso fue lo que me enganchó: que ambas traen el sonido del batazo, la firmeza de la pelota en el guante reblandecido, y la pausa, la cadencia de otra época de un deporte sin tiempos fijos, propio para las pláticas de corte ontológico.

También creo en la iglesia del beisbol. Únanse. Pienso ver de nuevo Los intocables, cuando De Niro, o sea Capone, agarra un bat, sentencia “¿Qué me provoca alegría? ¡El beisbol!” y le rompe la cabeza a un subordinado.

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