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Lunes , 22.10.2018 / 01:10 Hoy

Malos modos

Casquillos negros

Julio Patán

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Lo recordarán los lectores, sobre todo aquellos que han llegado a una edad. En mayo de 1993, en plena apertura del gobierno salinista hacia la Iglesia, el cardenal Juan Jesús Posadas, que estaba en el aeropuerto de Guadalajara para recoger a Girolamo Prigione, o sea el enviado papal, murió acribillado. La Procuraduría General, entonces bajo mando de Jorge Carpizo, lo explicó en términos del azar. En el aeropuerto se habían dado cita dos bandas rivales de narcotraficantes. Posadas fue confundido nada menos que con El Chapo Guzmán, porque llevaba el mismo auto que se suponía que usaba el sinaloense, y asesinado erróneamente por los sicarios de los Arellano Félix.

Palabras más, palabras menos, nadie se lo creyó. En un sentido estricto el caso sigue abierto, y la Iglesia, por ejemplo, insiste en que Posadas fue realmente víctima de una conjura. Una paseadita por la red basta para comprobar la cantidad de explicaciones que se han dado al caso, algunas bastante conspiranoicas, otras con visos de realidad. Entre las más frecuentes está, claro, que el religioso sabía de los vínculos de altas figuras de la política con el tráfico de drogas.

La novedad es que el caso Posadas, tan oscuro, tan susceptible de mover a sospechosismos, tan vaticinante de lo que le esperaba al país en términos de violencia y confusión entre lo político y lo criminal, ha traído al menos una buena consecuencia en fechas recientes: Casquillos negros (Tusquets), la novela del periodista Diego Petersen Farah. Novela difícil de clasificar. El caso y varios de los personajes son por supuesto reales, pero el astuto Petersen los rodea con unos protagonistas rigurosamente ficcionales. Funciona. El retrato o más bien la reconstrucción de aquella época de cambios, la reflexión cínica y aguda sobre los posibles vínculos entre el poder político y el extralegal, la reconstrucción meticulosa del caso, ahí están, claritos y bien dosificados. Pero la presencia callejera, verosímil y entrañable de esos formidables personajes que son Beto, el Tripa, Jazmín, manda al libro a otros terrenos: el de la buena, vieja novela negra, esa que exige escritores de verdad, escritores con músculo, porque no le basta la resolución de una intriga: necesita protagonistas con fuerza, con matices, con relieves. Petersen los consiguió. Al hacerlo, sorteó los riesgos de la “novela de periodista”, esa que a menudo pierde ritmo y fondo por la necesidad de seguir el guion, y entró de lleno en los terrenos de la literatura-literatura. La bien hecha.

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