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Miércoles , 18.07.2018 / 19:44 Hoy

Semáforo

Un admirable mamón

Julio Hubard

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Quizá era más mamón que Peter O'Toole, quien lo representó en la pantalla. Aquellas vestimentas blancas, elegantes e impecables, incluso en la batalla —mientras los soldados en Europa y Turquía tragaban lodo y hedían como carroña— no son invento escénico: T.E. Lawrence (o Lawrence de Arabia, o Al-Orance) cuidaba su apariencia y sus ademanes como si adivinara que el futuro lo convertiría en una visión dramática y sobreactuada hasta casi igualarlo con su conducta cotidiana: de pose en pose —y, si no hay fotógrafo, peor para la posteridad. Hay hombres que se identifican a sí mismos con la historia, dice Edmund Wilson: “Lenin parecía hablar no por voluntad propia sino por voluntad de la historia”. Pero esos sujetos suelen coincidir en una tendencia común: Alejandro, Napoleón, Lenin, Hitler se alucinaban a sí mismos como libros de historia y se reproducían en monumentos, ciudades, templos.

T.E. Lawrence era distinto. Con petulante claridad concluye Los siete pilares de la sabiduría diciendo de sí mismo que “una sola mano había ganado contra la superioridad del mundo”. Igual que había comenzado: “No narro la historia del movimiento árabe sino mi historia dentro del movimiento”, porque “con excepción de mi persona, tal vez nadie hubiera pensado en escribir lo que esperábamos alcanzar”. Todos los hombres sueñan, dice, pero no del mismo modo: “los que sueñan de noche, en los polvorientos recovecos de su espíritu, se despiertan al día siguiente para encontrar que todo era vanidad. Mas los soñadores diurnos son peligrosos, porque viven su sueño con los ojos abiertos, a fin de hacerlo posible. Esto es lo que hice. Pretendí forjar una nueva nación, restaurar a 20 millones de semitas los cimientos sobre los que pudieran edificar el inspirado palacio de ensueños de su pensamiento nacional... Y al conducir a estos árabes furiosamente hasta la victoria final, les colocaría, con las armas en la mano, en una posición tan segura (si no dominante) que la conveniencia aconsejaría a las grandes potencias un arreglo de sus reclamaciones. En otros términos, presumí (no viendo a ningún otro caudillo con voluntad de poder) que sobreviviría a las campañas y que podría, no sólo derrotar a los turcos en el campo de batalla sino a mi propio país y a sus aliados”. Lawrence supo que tenía a la historia en las manos.

Británico e imperialista, nada le resultaba más importante: “Todas nuestras provincias imperiales no valían, para mí, la muerte de un británico”. Organizó a los árabes para derrotar, desde el sur, al Imperio Otomano. De no lograrlo, la victoria aliada estaba en riesgo. Sabía que los británicos mentían y no cumplirían las promesas hechas a los árabes. Y decidió llevar a cabo una doble traición: primero a los árabes, para luego traicionar a los británicos. No esperaba convertirse en estatua ni templo: desde el principio se supo culpable de cosas imperdonables. Está la película, pero toda esa insolación en la pantalla no es sino sombra de su libro oscuro, directo, increíblemente lúcido, y uno puede atisbar lo pequeñas que resultan las tribulaciones de una ética personal frente la responsabilidad de la historia.

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