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Domingo , 21.10.2018 / 03:24 Hoy

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Todos somos Procopio

Julio Hubard

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Procopio de Cesarea es un historiador que parece dos: un gran historiador zalamero y un libelista ponzoñoso. Escribió obras monumentales: la Historia de las guerras (en que se ocupa del gran general Belisario, campeón y valedor del poder de Justiniano) y Las construcciones o Sobre los edificios (una larga y lisonjera descripción de las obras e instituciones del emperador Justiniano y su mujer, Teodora). Y también dejó escrito, escondido y con la indicación de que se publicara después de su muerte, un librito pequeño, venenoso como un alacrán: la Historia secreta (descripción aterradora y nauseabunda de la vida privada y las costumbres de una mujer perversa y un emperador cobarde y vengativo, capaces de toda clase de bajezas). Los dos primeros libros, a juicio de Arnaldo Momigliano, son fundamentales y, encima, recuperan el gran estilo iniciado con Herodoto. Momigliano no menciona la Historia secreta. Raro, porque él mismo solía decir que las biografías son mejores fuentes que los recuentos de los historiadores formales. Es verdad que Plutarco o Suetonio abundan en detalles que los historiadores ni siquiera mencionan: horas de comer, modos de dormir, atuendo, modos de hablar, andar, fórmulas de saludo, gestos de aprobación o de asco, y que todos esos detalles aportan profundidad y comprensión.

Es gesto ilustrado. Que lo diga Voltaire: “admitimos como verdades históricas solo las que están garantizadas. Cuando dos contemporáneos... enemigos uno del otro, confirman el mismo hecho en sus memorias, ese hecho es indudable; cuando se contradicen, hay que dudar: lo que no es verosímil, no debe ser creído en lo absoluto, a menos que varios contemporáneos dignos de fe lo atestigüen unánimemente” (El siglo de Luis XIV). El ilustrado ha de tratar la historia como ciencia y suponer que una aproximación estadística tiende a estar más cerca de la verdad que los casos aislados y, por lo común, teñidos con las opiniones e intenciones de quien los relata.

Para cuidar la intimidad del Rey Sol, Voltaire recurre al método que parece más sensato: “las anécdotas más útiles y preciosas son los escritos privados que dejan los grandes príncipes, cuando el candor de su alma se manifiesta en esos momentos; tales son las que tomo de Luis XIV”. Es la Ilustración en su mesa de trabajo: racionalidad, respeto por la otra persona, a quien se supone igualmente interesada en la verdad.

Pero es ingenuo en un mundo donde el poder está en juego. Procopio explica que no era posible contar lo sucedido mientras vivieran Justiniano, Teodora o Belisario, porque su vida corría peligro. Escribe con miedo, dice, tanto de que se le lea como de que no ser creído. Pasados los siglos, las circunstancias dieron la vuelta. Hay mil modos para relatar las incidencias más metiches de la vida de los poderosos. Gran fortuna, pero queda, de todos modos, la misma acusada dicotomía entre la narrativa zalamera de los gobiernos y sus obras, refutada y contradicha, sobre todo, por las redes sociales. Los dos procopios, el de las versiones oficiales y el de la delación malévola, parecen incapaces de hallar el terreno sensato, analítico y crítico que pueda aportar sensatez.

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