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Domingo , 19.08.2018 / 09:31 Hoy

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Prohibiciones y subversiones

Julio Hubard

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Hoy termina la “Semana de los libros interdictos” (Banned Books Week). En las celebraciones del centenario de la independencia gringa, en 1876, Filadelfia, llamada la ciudad del amor fraternal, y hoy casa de águilas abominables (el equipo de futbol americano), fue sede para la reunión de 103 bibliotecarios. Trece eran mujeres: por ese entonces, las bibliotecas y los museos eran de los muy pocos empleos que podía desempeñar una mujer decente (y traduzco de pasada un poema breve de Ezra Pound: “Y descubrir de pronto en los ojos de la muy hermosa/ cortesana normanda/ los ojos de la muy culta asistente del Museo Británico”). Aquella reunión fundó la American Library Association (ALA), que actualmente cuenta con 62 mil asociados, y que ha aportado muchas cosas, desde metodología para la información académica (cómo citar, elaborar bibliografías y, en fin, recursos para no plagiar) hasta la defensoría permanente de las libertades intelectuales. Han combatido la censura con éxito jurídico y moral y defienden a los “perseguidos por causa de sus escritos, por lo que leen o circulan”. Desde 1982, junto con Amnistía Internacional, celebran la “Semana de los libros interdictos”. Organizan actividades divertidas, pero de un raro modo, también subversivas. Este año, por toda la ciudad de Washington dejaron dispersos, escondidos como huevos del conejo de Pascua, libros que fueron prohibidos o censurados. Entre los libros que regalan, muchos autores recientes: J.D. Salinger, Kurt Vonnegut, Alice Walker, Ken Kesey, John Knowles. Todos ellos sufrieron una censura específica: fueron prohibidos por quienes se negaban a aceptar la diversidad (religiosa, racial, sexual). No solo son autores prohibidos por los gobiernos, sino también combatidos por sociedades pacatas e idiotas (¡los blancos que le hicieron la guerra a Salinger porque atacaba a los blancos!).

Tal vez las bibliotecas de este país pudieran imaginar algo semejante: México es país de tradición católica y las prohibiciones abundan. Por fortuna, el Index librorum prohibitorum pasó de ser la siembra del miedo a convertirse en una lista de sugerencias. Lo prohibido adquiere prosapia; se vuelve deseable. Los libros recuperan el riesgo original de la lectura: quien lee se arriesga a pensar; quien piensa está expuesto a cambiar de ideas. Y temer el cambio de ideas no es sino un miedo cerval, tanto al error como a la verdad. Y el miedo al pensamiento implica una desconfianza radical en la naturaleza y la dignidad humana.

Cosa notable: mientras los bibliotecarios de otros lugares esparcieron subversivamente la libertad, en México fuimos testigos de muchedumbres que buscan censura y prohibiciones. Si tienen argumentos, que valgan por la verdad, y es su obligación expresarla libremente. Pero hay un punto, y lo dijo Edmund Burke: la libertad es individual. No se suma. Un grupo de mil individuos libres no tiene mil veces más libertad que uno solo; tiene mil veces más poder. Si el debate no se da entre conciencias libres, veremos crecer la violencia. Es de verdad una lástima que no hayamos podido encontrar una fuente de legislación distinta del poder y que un debate sobre lo justo termine en esa moralina sindical.
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