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Martes , 17.07.2018 / 04:42 Hoy

Semáforo

Make México miserable again

Julio Hubard

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De los inventos notables podemos casi siempre enunciar sus bondades y el futuro hermoso que producirán. Progresos y beneficios aparecen como ramas en un árbol lógico, perfectamente sensato, del que emergen secuencias necesariamente verdaderas, pero olvidamos que el árbol tiene las raíces en el aire: es pura imaginación.

Cada vez que el mundo ha topado con una nueva fuente de energía, la especie evoluciona en todos sus aspectos. Es lo que muestra ese pequeño gran libro de Carlo Cipolla: Historia económica de la población mundial (Grijalbo, 1990). Tras el cambio inmenso que supuso la domesticación del fuego, Cipolla halla dos grandes revoluciones: la agrícola y la industrial. La agricultura permitió la multiplicación de la especie; produjo más calorías que las requeridas para la supervivencia e inventó formas del bienestar que no dependen de la naturaleza. Pero no todas son bondades: también trajo ejércitos, dominación y esclavitudes; las formas de algo menos que humano, según Étienne de la Boëtie: un sujeto que no solo se halla en servidumbre sino que quiere ser siervo. La revolución industrial trajo consigo una riqueza inmensa y la multiplicación de bienes abundantes y baratos. Y eso habría de ser, por definición, el fin de todas las pobrezas. Sin embargo, junto con el incremento brutal llegaron a instalarse las formas más lacerantes de aquello que habría de acabarse para siempre: un universo de pobreza más injusto que los anteriores; una clase social y política, los obreros, cuyas cuitas ni terminan ni se resuelven, y toda una rebaba de miseria urbana. Material y financieramente, nunca hubo tanta riqueza en el mundo, ni tantos bienes tan asequibles. Tampoco tanta miseria e injusticia.

Cipolla ya no llega a decirlo, pero estamos en el umbral de una tercera gran revolución, que ha recibido muchos nombres —tecnológica, digital, de la información— y mucha atención mediática, pero casi nada en sentido político, social, institucional. Y nos resulta muy sencillo vaticinar algunas cosas. Pensemos solamente en el bajísimo costo que tiene la producción de energía eléctrica desde unas pocas celdas fotovoltaicas; junto con un teléfono celular. En un tris, un habitante del céspol de la historia puede salir de la miseria sin que el Estado le produzca bienestar. Una aldea olvidada puede dejar de depender de un estado nacional para generarse oportunidades reales.

Esta opción es no solo real sino irreversible: las nuevas formas de producción de energía son la única versión viable de futuro. Desde luego, solo un perfecto imbécil, como Donald Trump, puede creer que la vía deseable consiste en un regreso a un pasado industrial y acumulador, tanto de capital como de mano de obra. Su lema es alarmante: es el again (de nuevo, otra vez) de su Make America great again, lo que entusiasma a los idiotas, cuando debiera provocarles pánico. Y bien, aquellos gringos tienen con qué apostar por su imbecilidad. Lo angustiante es que México, un mero comparsa de la mascarada industrial estadunidense, quiera correr a reparar (again) una apuesta ruinosa. El camino no puede ser ese. La transformación implica, sí, por fortuna, la necesidad de que el Estado se haga a un lado en sus improductivos monopolios de generación de energía (Pemex, CFE) y no solo permita sino fomente la autarquía. No puede sobrevivir el estado con su tamaño actual. Tendrá que elegir entre reducir sus dimensiones o morir de necedad e insuficiencia cardiaca.

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