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Lunes , 24.09.2018 / 01:28 Hoy

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Hablar de bueyes

Julio Hubard

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Gran discurso el de Obama en apoyo a Hillary Clinton: recicló la arenga que lo proyectó en 2004 a la presidencia The audacity of hope (“la audacia de la esperanza”), como desafío insuperable para los zombis de Trump, movidos por el resentimiento. Y es que una esperanza política sensata solo existe cuando una sociedad puede alzarse sobre sus taras, recurrir a la imaginación y adivinarse mejor de lo que es. Puros sueños, pues. Pero también es verdad que las sociedades quedan definidas por la altura de sus sueños. Y hay que insistir: la chabacanería del idilio perezoso no se parece al sueño lúcido de la imaginación. “Quien habla de bueyes, sueña con bueyes”, dice Thomas de Quincey. Las civilizaciones son el resultado de la conversación, y la vida política de una sociedad es un caso peculiar de esa conversación: el arte del disenso y la cultura del debate. Desde aquí, la política funciona en los hechos como lo contrario del poder, en tanto que el poder anula o vuelve inútil la crítica, mientras que la política vive de sus disensos, del debate.

La política se pervierte cuando la sociedad carece de imaginación, esperanza o sueños. Cuando el miedo y el resentimiento toman el lugar de los proyectos y las ideas, solamente queda la demagogia. Y cada vez se hace más difícil frenar al aspirante a tirano. O incluso reconocerlo. La gente puede, y suele, amar a esos que llaman líderes carismáticos, que siguen siendo un tremendo misterio. Pasados los hechos, podemos analizar la figura de Hitler o Mussolini, de Trump o Chávez y no hay modo de explicar cómo esos sujetos, que no son inteligentes, ni atractivos, ni nada, pudieron engatusar a millones. Comparten una característica: logran cambiar la esperanza y los sueños lúcidos por el miedo y el rencor. Venden sospechas: ya no se trata de construir algo mejor sino de vengar el daño recibido. Reparar se vuelve más importante que construir. No dejan de ser un enigma, porque ese procedimiento abunda en miles de políticos, pero solo algunos logran conectarse con las tripas sensibleras de las mayorías. Jon Elster (Ulises y las sirenas. Estudios sobre racionalidad e irracionalidad. FCE) supone que no se debe votar por alguien a quien uno no pueda o sepa criticar, ni por quien suponga que la crítica provenga de una falla moral.

En tiempos oscuros, no es raro que la gente busque liderazgos carismáticos. El liderazgo es un síntoma del miedo y de la imaginación depauperada. Es resistencia contra la ilustración y contra la mayoría de edad que exige: “ten el valor de pensar por propia cuenta” (Kant). Quien se entrega a un líder no apoya una gran causa: se vuelve cómplice de la pérdida de racionalidad, disminuye la inteligencia colectiva y se rehúsa a la libertad. Otra vez Kant: no importa si nacimos libres o no: somos libres porque estamos obligados a tomar decisiones libres. Y queda la paradoja de la política: aprender a soñar y demoler los propios sueños. Imposible para el poder, necesario para la política: bascular entre contradicciones e incertidumbre.

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