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Jueves , 16.08.2018 / 05:57 Hoy

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Europenses y anexas

Julio Hubard

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La primera vez que se designa a los europeos como pueblo es en la continuación de la Crónica de san Isidoro, donde aparece como “europenses”: nombre peculiar, impreciso, que buscaba reunir en un sólo ánimo a las diversas tribus germánicas y galas que reunió Carlos Martel para enfrentar a Abderramán. Según Victor Davis Hanson, el nombre de los europenses, fue elegido por el cronista para “marcar una línea divisoria cultural emergente: los hombres que vivían al norte de los Pirineos y todavía luchaban según la tradición de infantería pesada de los romanos y que cuando se enfrentaban a los ejércitos musulmanes, y pese a sus luchas intestinas, tenían entre sí más semejanzas que disparidades” (Matanza y cultura, FCE-Turner).

El caso es que el 11 de octubre de 732, en la batalla de Poitiers, se define el mundo que ahora denominamos, más que europeo, occidental: el imparable y sofisticado ejército de Abderramán es derrotado por un grupo de bárbaros blancos, fornidos y peludos. Son apenas 100 años tras la muerte de Mahoma, pero el poderío musulmán es visiblemente superior y mucho más ágil: los europeos carecían de caballos y jinetes; eran un grupo de imbañables (el baño frecuente era costumbre árabe, no europea) cubiertos de fierros: cotas de malla, armaduras de cuero con escamas, pesados escudos y, en fin, cosas copiadas de la infantería romana. Hay un misterio, porque no sabemos si la formación cerrada de la infantería de Carlos Martel fue una afortunada ocurrencia, o se inspiró en Julio César, Tácito o Amiano. El caso es que la caballería y los alfanjes pudieron poco y la testarudez de los galos y germanos prevaleció y puso límite al avance musulmán.

De ahí surgió el Imperio: Carlomagno, hijo de Carlos Martel, inventó una herencia cristiana que conformó el mapa y los límites de las culturas para los 12 siglos siguientes. Ese núcleo europeo y cristiano mantuvo a raya al Islam y, con los herederos del Sacro Imperio (Carlos I de España), terminó de “recuperar” los territorios continentales que estuvieron bajo los musulmanes. Con el tiempo, la barbarie se aposentó sobre el mundo islámico y Europa se asumió como el puntal de civilización y cultura del mundo entero. Pero hoy nos amenazan dos cosas: el olvido de que nuestras lenguas y linajes vienen, todos, de unos orígenes bárbaros y, segundo, que las características de nuestra pretendida civilización (porque las Américas no son sino el más joven bastión de Occidente) no pueden cederse sin abrir la puerta a una nueva barbarie. Los nacionalismos cumplieron su trayecto y no debiera asustarnos que las fronteras entre lenguas y grupos vuelvan a ser flexibles, pero los valores de la convivencia común (división entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, o las libertades ciudadanas, por ejemplo) no pueden darse por sentados: hay que darles nueva vida y reinventarlos. Existe un islamismo violento; ahora son ellos quienes surgen desde la barbarie. Pero cometen un error muy grave quienes se asumen como superiores y, a la vez, ceden al miedo. No puede haber un Occidente cobarde. No tiene nada de raro que los bárbaros dobleguen a las civilizaciones.

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