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Domingo , 09.12.2018 / 14:48 Hoy

Semáforo

Cultura de la decapitación

Julio Hubard

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Le preguntaron a G. B. Shaw por qué odiaba a G. K. Chesterton. “¿Odiarlo? —se extrañó—. Todo lo contrario, ¿cómo no voy a amar a un hombre al que mil veces le he cortado la cabeza?”. Shaw y Chesterton sostuvieron una discusión inacabable y fueron amigos sin jamás estar de acuerdo. Amaban el debate y detestaban el pleito.

En su Homenaje a Cataluña, Orwell vio con horror cómo los disensos derivaban en pleito, luego en asesinatos y terminaban en la Guerra Civil. Cuando no hay cultura del debate, el desacuerdo deriva en matanza. La lengua española, en todas sus épocas y geografías, ha sido refractaria a la cultura del debate y a la convivencia entre opiniones contrarias.

Quizá la mayor aportación inglesa a la historia sea la civilización de la discordia. Inicia lejos, en 1215, cuando un rey impopular y un grupo de señores pactan formas de diálogo para gobernar. Es el origen del parlamento: eres rey, pero no gobiernas sin nosotros. Desde luego, no era la primera vez que poder y gobierno debían someterse a una actividad de debate. Lo hicieron las democracias griegas y, por tramos, la república romana. Los ingleses medievales ignoraban que, limitando al poder, repetían a griegos o romanos, pero a partir del siglo XVI se afanaron por transformarse en herederos de sus clásicos. No es herencia de sangre sino apropiación activa.

Uno de los resultados más sintomáticos es el funcionamiento del parlamento inglés, desde hace mucho y todavía: es fábrica de democracia, pero se parece a un rastro. Es un destazadero y uno de los bastiones que sostienen a Occidente. Los parlamentarios están a medio metro de sus adversarios, no en un estadio de vacua oratoria, y se decapitan sin caer en pleitos. Simplemente, aman la discrepancia. Y tanto, que la convierten en espectáculo.

Vaya usted a YouTube y busque el canal llamado “iqsquared”. Ahí encuentra, entre mil debates estupendos, a Boris Johnson —sí: ése, el alcalde de Londres, impulsor del brexit, el político que, tras mirar el desastre que creó, se hizo de humo, solo para terminar como ministro del exterior; y sí: el grosero que ganó el concurso de poesía ofensiva contra el detestable presidente Erdögan, de Turquía, y sí: el autor de varios libros, sobre Virgilio, sobre oratoria y política y una obra maestra sobre Churchill— y ése, Boris Johnson, debate, ni más ni menos, que con Mary Beard, gran historiadora y escritora, acerca de las dos grandes civilizaciones que nos siguen conformando: “Grecia vs. Roma”.

Padezco una suerte de enamoramiento de Mary Beard y detesto a Boris Johnson, pero lo hallo interesantísimo y hasta deslumbrante. ¡Hay que verlo recitar a Homero en griego, de memoria! O leer sus análisis de los discursos de Churchill ¡y es un político y un demagogo! Johnson gana el debate. Yo habría votado por Mary Beard. La cosa es que, más allá de la admiración y esta clavada envidia, guardo una lejana esperanza: los ingleses eligieron y construyeron su cultura del disenso y del debate. Incluso adoptaron ancestros que no son los suyos, excepto porque los merecieron. Es decir: se puede hacer; se puede dar la vuelta a nuestra tendencia histórica: “si un tonto entiende, otro tonto hará otro tanto”.

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