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Viernes , 14.12.2018 / 14:42 Hoy

Doble fondo

Peña Nieto y su único soldado del PRI…

Juan Pablo Becerra-Acosta

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Cuando en abril de 2013 viajé a Venezuela para cubrir el proceso electoral que encumbró a Nicolás Maduro, luego de la muerte de Hugo Chávez (que también cubrí un mes antes), hubo un par de cosas que me llamaron la atención…

1. Las razones de Chávez para escoger a Maduro como su sucesor. Me sorprendió que nadie pudiera explicarme qué motivó al ex presidente venezolano para que delegara el poder en el inefable ex guardaespaldas de José Vicente Rangel Vale, cuando éste pretendió y no logró ser presidente en la campaña electoral de 1983, encabezando la candidatura del Partido Comunista: quedó en tercer lugar con 3 por ciento de los votos y ganó Jaime Lusinchi.

Luego de esa extraña aventura de guarura, el hoy sucesor de Chávez se dedicó años más tarde a ser conductor de autobús. En esas andaba cuando conoció a su mesías, en los tiempos en que éste intentó dar un golpe de Estado en 1992. Ahí se convirtió en su fiel vasallo, aunque seguía trabajando de chofer. Quizá fue eso, su lealtad, su servilismo, dirían algunos, y que Chávez no quería nombrar al ex teniente y también golpista Diosdado Cabello, “porque se trata de un militar muy radical y loco con ideas ajenas a los designios del comandante”, me explicaron entonces chavistas de hueso colorado.

Chávez se habrá revolcado en su tumba: Maduro por poco pierde la elección después de su muerte: obtuvo 50.61 por ciento de la votación contra 49.12 por ciento de Henrique Capriles, una diferencia de 1.49 puntos porcentuales, apenas 234 mil 935 votos. Nunca el chavismo había tenido un desempeño tan lamentable. En el peor escenario, la distancia había sido de 10.73 puntos porcentuales entre Chávez y el mismo Capriles, en 2012, con una ventaja de un millón 599 mil 828 votos, y una enorme participación de 80.56 por ciento del electorado. Maduro va a perder la próxima elección presidencial, a menos que se asuma tirano.

2. La violencia entre ambos bandos. De entrada me quedé atónito porque los equipos de campaña se autodenominan “comandos”. El comando “X” del lugar “Z” denunció que el comando “Y” lo agredió y lo calificó de golpista, mientras que el otro le llamó fascista y golpista y el aludido respondió que no, que el fascista y golpista es el contrario. Con ese ambiente bélico todo el tiempo entre “fascistas” y “fascistas” y “golpistas” y “golpistas”, la violencia verbal deriva en sangre en las calles. Sangre de ambos lados: no todos los opositores son blancas y democráticas palomitas: los vi golpear a chavistas y ahora los hemos visto quemar a otros tantos oficialistas, mientras los maduristas jalan del gatillo.

Pero, ¿por qué hablo de todo esto si el título tiene que ver con el Presidente, en su calidad de líder máximo del PRI? Porque lo escuche el sábado, en la Asamblea Nacional de su partido, y me queda claro que él, en la agonía de su poder, como Chávez, va a ser el gran elector del candidato del PRI para 2018, hombre o mujer que impondrá como su delfín y el de todos los priistas. Sometió a los rebeldes en las semanas previas y ahora a ver quién es la guapa y el guapo que se le opone. Por cierto, fue un error, para mi gusto, empezar la campaña haciendo alusiones bélicas con eso de “soldados del PRI” y la batalla decisiva por la patria en 2018, si ya sabe cómo vienen las cosas de duras y bélicas el próximo año.

Pero bueno, el único y solitario soldado del PRI que cuenta hoy por hoy en su partido es su dedo, el dedo de Peña Nieto, que en la soledad, como le ocurrió al comandante venezolano, puede cometer una pifia histórica que derive en el ungimiento de un ser con alma de dictadorzuelo, primero como candidato tricolor, y luego como presidente…

jpbecerra.acosta@milenio.com
Twitter: @jpbecerraacosta

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