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Doble fondo

Los odiadores del Presidente

Juan Pablo Becerra-Acosta

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Los escucho hablar una y otra vez y no pueden ocultar su repulsión.

Las pupilas se les dilatan de forma desmesurada: pierden el color de sus ojos. Si al perorar se miraran al espejo, de pronto reirían estruendosamente: parecen estar poseídos por algún ente malévolo.

La boca se les seca luego de algunos minutos de despotricar. Apenas pueden hablar: tienen que beber compulsivamente para erradicar la sequedad en la lengua y destrabar la articulación sonora.

El ceño se les frunce hasta convertir la frente en una asombrosa colección de pliegues.

El tono de su voz es cada vez más elevado conforme transcurre cualquier tertulia, como si sus vociferaciones pudieran convencer a los demás, en vez de provocar miedo, carcajadas apenas contenidas, o desdén.

Las venas del cuello y las sienes se les inflan tanto que uno imagina que explotarán y de sus cabezas brotaran palabras de rencor entre signos de admiración, como si fueran diálogos de villanos en cómics.

Manotean y manotean con tal vehemencia que parece que en cualquier momento estrangularán a alguien.

Si tuvieran frente a sí unos cojines terapéuticos, de esos que se utilizan para que los pacientes fluyan en agresivas catarsis, los despedazarían a golpes y mordidas.

De verdad lo abominan. Al paso de las semanas ya no pueden disimular que lo aborrecen. Luego de los comicios, minados por la paliza electoral que les propinaron, habían matizado su lenguaje: sus críticas eran firmes pero estaban barnizadas con cierto tono conciliador, civilizado, diría demócrata, republicano. Siempre partían de razones, de argumentos defendidos con pasión.

No más, eso se acabó: odian tanto a Andrés Manuel López Obrador, que todas sus frases concluyen con adjetivos. Ni siquiera guardan las apariencias detrás de una supuesta crítica a cualquier tema, ya no vale la pena: lo de hoy es denostarlo, descalificarlo.

Todos los males habidos y por haber son provocados por el loco Presidente de la República. Todos.

O por sus ineficientes e ineptos colaboradores, que para sus contrarios son lo mismo, tentáculos de su mediocridad.

Ya no hay matices. Los próximos seis años (2019-2024) México será la nación del resentimiento, del vituperio, del escupitajo. Nada que ponderar.

Cierto, el lenguaje del propio Presidente no ayuda, él mismo desciende cada mañana a la selva de las redes sociales y en sus conferencias matutinas se lía a cachetadas contra la masa que lo reta, contra cualquier hashtag que lo perturbe, y arremete contra cualquier medio de comunicación que lo inquiete, pero del otro lado, donde podría haber una oposición creativa, inteligente, articulada, no hay nada, puras patadas y puntapiés arteros, salvajes. El vacío. El odio, el desprecio.

La propuesta de antítesis política de sus haters... es el espejo de López Obrador. Así de pobres son y están.

¿Qué debemos hacer los periodistas en medio de dos extremos? Nada más periodismo. Ser muy críticos, como siempre debemos ser (no estamos para servir a ningún gobierno ni para ayudar a ningún funcionario, tampoco para ser activistas sociales), sin perder el equilibrio, centrándonos en los hechos y contextos, en lo documental.

El Presidente y sus odiadores seguirán en lo suyo: detestándose sin pausas...

jpbecerra.acosta@milenio.com
@jpbecerraacosta

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