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Miércoles , 20.06.2018 / 10:41 Hoy

Doble fondo

La inevitable y sangrienta guerra "huachicolera"…

Juan Pablo Becerra-Acosta

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A las 2 de la tarde del lunes 12 de mayo de 2014 un teniente del 32 Batallón de Infantería marcó por teléfono: informó a un agente del Ministerio Público de la Federación que pondría a su disposición una muestra de gasolina, de un total de mil litros que habían sido decomisados en un rancho del municipio de Guachinango, a 113 kilómetros de Guadalajara. Seis soldados —un teniente y cinco elementos de tropa— fueron enviados en un camión militar con esa misión: trasladar el combustible a las instalaciones de la delegación de la PGR en la capital de Jalisco. Eran alrededor de las 5 de la tarde cuando, al pasar bajo el arco de cemento que anuncia el ingreso a Guachinango, el camión fue emboscado. Más de 30 sicarios que se trasladaban en seis vehículos abrieron fuego. Una troca fue chocada contra el transporte militar para detener su avance. Los criminales lanzaron granadas y el combustible que los soldados transportaban en tambos estalló. Ardió en llamas. El teniente y un soldado resultaron malheridos. Los otros cuatro miembros de tropa cayeron baleados y calcinados. Horas después las imágenes eran macabras, sobre todo la de un militar que yacía debajo del vehículo: su cuerpo rígido tenía un brazo y una mano levantados, paralizados, como flotando en agonía. Caprichos del fuego. Parte de su uniforme verde olivo quedó estampado en el pavimento, como una grotesca calcomanía de cera derretida.

Fue ahí que el cártel de Jalisco Nueva Generación exhibió por primera vez su temeridad. Todo, por su combustible robado. No, no hay manera de evitar esta guerra. Y sí, va a ser más sangrienta. ¿O les quieren dar los buenos días a ese tipo de sicarios, a los que atacaron a soldados la semana pasada en Puebla? Aquí ya no hay espacio para andar perorando que es parte de la herencia de “la guerra de Calderón”. Esta es una guerra, la que se libra contra el crimen organizado, que no es de gobiernos, sino del Estado mexicano. Parece que ahora sí lo van entendiendo varios pacifistas (que por cierto nunca dan alternativas): los he escuchado estos días y parece que ya asimilaron que se trata de una batalla que se tiene que librar, que no se puede evadir, así tenga orígenes años atrás en Estados Unidos y su guerra contra las drogas implementada por la DEA. El Estado no puede ceder más y agrandar esos espacios de impunidad que se construyeron durante décadas entre políticos y narcos. La pax narca, el regreso a los pactos del pasado no es opción, aunque hoy tengamos de nuevo altísimos niveles de ejecuciones entre los grupos que se pelean mercados y territorios.

El robo de combustibles es el negocio delincuencial que ilustra de forma más nítida la grave descomposición social que ha provocado la expansión del crimen organizado en el país: son pueblos enteros los que se benefician de esta actividad, sobre todo en Puebla, Tamaulipas, Guanajuato, Jalisco y Veracruz. Son poblaciones completas las involucradas, las sometidas por criminales: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, menores de edad, todo mundo tiene dividendos de la extracción y venta de esos combustibles hurtados. Ahí está, a la vista de todos, a la vera de las carreteras, en la entrada de decenas de poblaciones, toda esa gente vendiendo cínicamente gasolinas y diésel robados.

La guerra contra los huachicoleros se tiene que dar, antes de que sean más y más poblaciones las tentadas. El asunto es qué alternativas de desarrollo económico se les brindan a los ciudadanos infectados por la codicia criminal, opciones pecuniarias que tienen que dar ganancias de inmediato…

jpbecerra.acosta@milenio.com
Twitter: @jpbecerraacosta

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