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Viernes , 14.12.2018 / 11:47 Hoy

Doble fondo

El niño de La Rambla y los imbéciles de Twitter…

Juan Pablo Becerra-Acosta

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Julian Cadman le va al Chelsea, ese equipo del suroeste de Londres que juega en la Premier League. Recientemente sus blues le dieron un gustazo: un título, un campeonato, el de este 2017. Miro una foto del niño de 7 años con su camiseta Adidas azul de botones. Es de la temporada 2015-2016, porque ahora la escuadra es patrocinada por Nike. Seguramente Julian, que tiene doble nacionalidad —británica y australiana—, se hizo fan cuando su equipo obtuvo su anterior título, el del torneo 2014-2015.

Julian tiene el rostro sereno, apacible. Una gorra azul cubre su cabeza y la mayor parte de su pelo negro. En la imagen está acompañado de su madre, Jumarie Cadman. A ella, de origen filipino, le dicen Jom. En la foto, la mujer, de lentes, porta una camiseta blanca con letras negras de la obra Les Misérables London. Julian nació en Kent, pero hace tres años se mudó con su familia a Australia. Estudia en la primaria católica St. Bernadette’s de Lalor Park, un pequeño suburbio a 35 kilómetros al oeste de Sídney.

Su padre, Andrew, es carpintero y ebanista en ese país. Julian quiere a Australia. Hay una foto de él en una bicicleta verde con rueditas laterales (el niño, que calza unos pequeños Crocs, apenas estaba aprendiendo a andar) donde, muy risueño, lleva una banderita australiana. Pero me queda claro que Julian ama a Inglaterra: en otra imagen porta con orgullo la camiseta blanca de la selección inglesa de futbol.

Todo eso lo sé por lo que he leído en tres diarios ingleses, uno australiano, y dos españoles. El jueves pasado Julian estaba en Barcelona con su madre. Habían viajado a Cataluña para asistir a una boda. Paseaban por La Rambla. El turista británico Harry Athwal, de 44 años, también andaba por ahí, en el balcón del primer piso de un restaurante, cuando el terror nubló todo: una furgoneta de unos canallas embistió a decenas de personas. Harry bajó a ayudar. “Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos, y a mi derecha estaba un niño, en medio de la calle. Corrí directamente hacia él”.

La foto de la escena es dolorosísima. Harry está de rodillas ante el frágil cuerpo del niño que vestía una camiseta blanca, un short azul y tenis, aunque el calzado ha desaparecido de uno de sus piececitos. Harry tiene la mirada perdida hacia el frente. Su mano derecha toca la cabeza sangrante del niño. Un par de policías, pistola en mano, observan la escena pero no atinan a reaccionar: hay más gente herida o muerta en el piso.

Harry no se separa del niño. Le recordó a su hijo de 8 años. “Estaba inconsciente y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre lo que salía… Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a ese niño en medio de la calle…”.

Ese niño. Julian. Quizá todo lo que puse sobre él debí conjugarlo en pasado: Julian es uno de los dos niños asesinados en la monstruosidad de Barcelona. El otro tenía tres años y murió junto a su tío abuelo, un granadino que había emigrado a Cataluña. La mamá de Julian está gravemente herida. Si no muere, tendrá una existencia mutilada de su hijo.

Me cuesta mucho soportar a imbéciles de redes sociales (Facebook). De hecho no los tolero, pero hoy me abstengo de decirles lo que merecen a quienes pretenden justificar el terrorismo, las heridas de decenas de personas de 34 nacionalidades y el homicidio de 14 más. Como el de Julian, que pudo ser mi hijo. O mi nieto. O el de ellos, de los tuiteros…

jpbecerra.acosta@milenio.com
Twitter: @jpbecerraacosta

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