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Lunes , 24.09.2018 / 03:00 Hoy

Columna de Juan Noé Fernández Andrade

Badiraguato y Surutato

Juan Noé Fernández Andrade

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¿Por qué los gobiernos de los estados no ven más allá de sus fronteras en materia turística? Pocos, prácticamente los del sur y sureste del país, son los que a veces, tenuemente, buscan cambiar la imagen que de ellos se tiene fuera de sus territorios.

El gobierno federal es parcial en la materia. Esto, más el escaso periodismo dedicado al turismo y concentrado hasta la saciedad en notas policíacas y de escándalo, es lo que se sabe de la totalidad de las entidades federativas. Las publicaciones que resalten la nobleza y bondad de muchos pueblos de nuestra riquísima y desconocida provincia son pocas y desconocidas, la mayoría de la población no sabemos de los “otros” Méxicos.

Vine a Sinaloa y con amigos llegué a Badiraguato y después a Surutato. Más allá de la fama e imagen deterioradas de Sinaloa por el narcotráfico, el crimen, la violencia e inseguridad, supe de la belleza natural de este recorrido iniciado en Culiacán. Desde un complaciente desayuno en el crucero hacia Badiraguato en la fonda de Doña Naty, lo único experimentado fue cordialidad, atenciones, miradas y sonrisas amistosas de gente sencilla. Recorrer La Majada, Capirato, Batequita, Batopinto y Badiraguato fue algo que deambuló entre la curiosidad y la atención. Los Sitios de Abajo, de En medio y de Arriba ofrecen una vista de exuberancia y vastedad inmensa. Una vereda intrincada, de numerosas y peligrosas curvas, tramos de terracería, caminos secundados y pintados de todas las tonalidades verdes, compartida la tierra café, amarilla y roja, más una fauna de caballos, vacas, toretes, venados, ardillas y conejos fue parte del encanto en ese pedazo de un México poco conocido positivamente. Se sucedían las altas montañas y las profundidades de espectaculares precipicios. Hasta El Huejote, preámbulo de un paraíso extraviado en la monumental belleza donde los pinos son interminables en esa parte de la Sierra Madre Occidental. Pequeñas casas y cabañas, jardines y más pinos, más encinos, eucaliptos y olores naturales. Hasta Surutato, la magia de un pueblo, presumiendo artesanías, comida, mermeladas, y un lago de aguas de un azul intenso pocas veces visto.

En el regreso, el imponente mirador La Nariz nos acercó al cielo. Más allá, más, el llamado “Triángulo dorado”.


ferandra5@yahoo.com.mx

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