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Jueves , 20.09.2018 / 18:56 Hoy

La vida inútil

Lo que se ve no se pregunta

Juan Miguel Portillo

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Así respondió Juan Gabriel cuando el periodista que lo entrevistaba le cuestionó “¿es usted gay?” Una respuesta talentosa, inteligente, perspicaz, ambigua pero a la vez contundente, acorde con las características del artista. Un hombre que, con el viento en contra, supo encontrar caminos para llegar y campear a sus anchas en la cumbre que pocos sueñan siquiera pisar.

El domingo pasado hubiera sido para mí uno más, común y corriente, y esta columna hubiera sido otra, de no ser porque a las 4:30 de la tarde se empieza a dar la noticia de la muerte de Juan Gabriel.

A partir de ese momento no se habló de otra cosa en los medios, en las redes sociales, en los grupos de Whatsapp, en la casa. Hasta los que se proclamaban indiferentes o disgustados por la alharaca popular participaban, con su molestia, de la trascendencia de la noticia.

Por supuesto que no faltaron los que les ven bubis a las aves de corral y sospechan que detrás de este acontecimiento se esconden mentes siniestras que solo quieren tender una perversa cortina de humo para distraer al pueblo de los verdaderos problemas nacionales. Paranoia de risa.

En esta ola de juangabrielismo desatado, ha habido voces que se declaran ajenas a esta conmoción colectiva y se muestran molestas por la excesiva reacción mediática ante un artista popular como él. Esta corriente en contra me provocó reflexiones acerca del Juanga que me tocó vivir.

A principio de los años setenta yo radicaba en la ciudad de Hermosillo, aún pequeña, y las opciones radiofónicas en aquellos tiempos eran escasas, contábamos con un puñado de estaciones AM que no podían darse el lujo de especializarse en un determinado género. En una emisora convivían sin animadversiones ni celos profesionales Camilo Sesto, Los Beatles, Chicago, José José, Cornelio Reyna, Los Rolling Stones, Eagles, Los Freddys, América y por supuesto Juan Gabriel.

La tele era muy díscola y tampoco había variedad en el menú. Para bien o para mal no teníamos servicios de cable y lo que había en la TV era lo que veíamos todos, el mismo día y a la misma hora. De ahí que Su Graciosa Majestad Raúl Velasco y su programa de más de 8 horas de duración Siempre en Domingo fueran la monarquía absoluta en lo concerniente a música en español para el mexicano promedio. En ese programa vi por primera vez a un Juan Gabriel modoso y naíf cantando su éxito “No tengo dinero” (“no tengo dinero, ni nada que dar, lo único que tengo es amor para amar”). 1971 tal vez. A partir de ese momento, Juan Gabriel no dejó de aparecer en mi entorno y sus canciones se volvieron parte de la vida diaria. Sus baladas frescas, ligeras, causaron un gran impacto.

Juan Gabriel era un compositor cuyos méritos artísticos no galopan en el olimpo de la poesía ni de la música más elevada. Por el contrario, sus letras sencillas, sin rimas perfectas ni métricas de academia, aunadas a su forma de concebir melodías recordables e ingeniosas, fueron navajas de sutil filo que por décadas se deslizaron en el gusto, consciente o inconsciente, de millones de personas. Todos podemos reconocer y hasta cantar “Se me olvidó otra vez”, repetir el estribillo de “Vamos al Noa Noa…” o decir en alguna conversación la filosófica frase “Pero qué necesidad, para qué tanto problema…”.

Puede gustarnos o no, se puede incluso pensar que su obra es para un cierto estrato social y cultural de medio pelo, pero, más allá de esas opiniones, lo innegable es que la música de Juan Gabriel tiene un lugar de privilegio en el cancionero popular mexicano. Sus baladas y rancheras son parte del repertorio obligado de cantantes, bandas y mariachis. No tengo la información precisa pero probablemente sea el compositor mexicano con el mayor número de éxitos grabados por él y otros artistas.

En las manifestaciones de cultura popular, cuando están de por medio filias y fobias hacia determinados géneros musicales y hacia las empresas de comunicación que los impulsan y respaldan, es difícil discernir en dónde termina la parafernalia y comienza el valor artístico que sostiene la popularidad y trascendencia de figuras como Juanga. La fama se puede lograr si se tiene a la radio y la televisión como aliados, pero puede ser efímera. Los ídolos de mazapán se desmoronan con el vuelo de una mosca. La verdadera trascendencia en el tiempo y el espacio requiere un ingrediente en la fórmula: calidad.

Muchos se preguntan por qué se le ha dispensado tanta atención a un artista de música popular como él, y la respuesta está a la vista. Basta con echar una ojeada a la fenomenal lista de canciones que se han quedado en la memoria colectiva, recordar que superó los 45 años de carrera con todos los premios ganados, saber que contó con el reconocimiento y admiración expresa de artistas mexicanos e internacionales, etc. Podríamos responder con sus propias palabras: lo que se ve no se pregunta.

@jmportillo

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