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Martes , 23.10.2018 / 20:39 Hoy

La vida inútil

Las lluvias de Guadalajara

Juan Miguel Portillo

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Cuando llegué a Guadalajara a finales de los años setenta procedente de Hermosillo, donde las lluvias suelen ser efímeras y no muy copiosas, me causaba espanto lo duro y tupido de las tormentas tapatías. Era como experimentar dos fenómenos naturales a la vez: cuando llovía yo temblaba. Por aquél tiempo era un chamaco temeroso e imberbe. De chamaco ya no me queda nada, de temeroso un poco y lo imberbe nunca se me quitó.

Rápidamente me acostumbré a las lluvias de Guadalajara. Me gustan, las disfruto y las espero con ilusión, entre otras razones porque anuncian el fin del calor de nuestro verano.

La tradición pluvial de Guadalajara es tan importante que hasta la venerada Virgen de Zapopan recibió el título de “Patrona contra Rayos, Tempestades y Epidemias”, un encargo nada fácil en estas tierras donde el gran Tláloc parece hacer su santísima voluntad, valga la ironía.

Solo como dato curioso, el nombre Guadalajara tiene su etimología en el árabe w?di al-?i?ara que significa “río que corre entre piedras”, y pareciera que la ciudad año con año se empeña en hacerle honor a ese origen etimológico, convirtiéndose precisamente en un río que corre entre piedras, autos y seres humanos. Pero la verdad es que nuestra capital en realidad a lo que le hace honor es a la ciudad homónima de España, donde nació el conquistador Nuño de Guzmán.

¿Por qué entonces Guadalajara, famosa por sus aguaceros, rayos y truenos de proporciones bíblicas parece nunca estar preparado para la ocasión?

Hay algunas razones fundamentales para ello. En primer lugar podemos destacar la mala planeación con que se ha urbanizado la ciudad. Y esto no es un problema de unos años para acá. Bueno, sí, de unos 500 años para acá.

Guadalajara está asentada sobre antiguos ríos y arroyos, como el Río San Juan de Dios y el Río Atemajac, cuyos cauces subsisten y tienen muy buena memoria y muy mal genio; y además la ciudad presenta desniveles y pendientes que conducen el agua hacia zonas vulnerables. Por su parte, los colectores y drenajes han sido siempre insuficientes. Y si agregamos que los tapatíos pensamos que las coladeras son basureros empotrados en el piso, la cosa se pone peor.

Y por supuesto, el principal motivo de las inundaciones que nos azotan año con año es que en Guadalajara -disculpen la expresión- llueve a madres.

Si parece que va a llover, el cielo se está nublando, usted tiene cosas que hacer en la calle y le tiene un mínimo de aprecio a su vida, lo más sensato es que lo haga en otro momento. Cuando llueve en Guadalajara, uno no sabe con qué tormentosas contingencias se puede enfrentar al navegar por las avenidas del área metropolitana, por ejemplo: un tráfico que avanza a la velocidad de la economía del país; automóviles varados porque ya se les metió el agua por debajo del chasis y a sus tripulantes hasta por las orejas; árboles que se caen sobre las casas, calles y vehículos que algunas desafortunadas veces llevan gente en su interior.

A los peatones y usuarios del transporte urbano les toca una de las peores partes del problema. No solo tienen que lidiar con el aguacero feroz sino también con la metralla hidráulica que lanzan los autos al pasar por los charcos.

Los baches se esconden bajo el agua y se vuelven traicioneros y ventajosos. Cuando creo haberme aprendido los puntos donde están los agujeros más canijos, éstos se camuflan en los encharcamientos y terminan siendo un peligro mortal. Y qué decir de los baches que se multiplican por todos lados. Una nueva lluvia fertiliza el pavimento y vemos como nacen un montón de rozagantes baches en toda la ciudad que luego crecen y florecen. Es conmovedor.

En esos momentos de lluvia despiadada es cuando entiendo por qué los reporteros que dan la información vial en la radio se refieren al tráfico como el “arroyo vehicular”.

Hay zonas de la ciudad que tradicionalmente se convierten en lagunas con más centímetros cúbicos que el mismísimo Chapala. Vienen a mi mente el área de Plaza del Sol, el paso a desnivel de 8 de Julio y Washington, el de los Arcos del Milenio, donde los autos quedan bajo el agua y alcanzan a sacar solo el parabrisas como ojos de cocodrilo, Avenida Patria a la altura del Bosque de Los Colomos y muchos puntos más.

Si las autoridades no hacen más inversión en crear infraestructura para evitar inundaciones, si funcionarios omisos o corruptos (o ambos) siguen dando permisos de construcción en áreas donde no se crean nuevos y mejores sistemas de drenaje y absorción, si no se da adecuado mantenimiento a las alcantarillas, si no se cuidan y se prevén los árboles con riesgo de caer, y si nosotros seguimos tirando basura por doquier, seguiremos expuestos a los castigos de Tláloc. Ni la Virgen de Zapopan, “Patrona de Guadalajara contra Rayos y Tempestades”, podrá defendernos. Hay de milagros a milagros.

@jmportillo

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