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Miércoles , 19.09.2018 / 06:58 Hoy

La vida inútil

El calor me apendeja

Juan Miguel Portillo

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El calor lo inventó la naturaleza básicamente para tres cosas: para mantener la vida en la tierra, para producir energía geotérmica y para molestarme. A mí el calor solo me gusta en la playa. Y eso siempre y cuando tenga manera de refugiarme en una habitación con aire acondicionado.

Pocas formas tan insulsas de iniciar una conversación de pasillo como decir «qué calor está haciendo,¿verdad?». Nos encontramos con alguien en la calle o en el centro comercial y, como no tenemos nada que decir además de «Hola», lo primero que se nos viene a la cabeza es soltar la memez del clima. Y es que tanto en la comunicación interpersonal como en la física térmica, el calor ayuda a romper el hielo.

En los municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara podremos tener diferencias futbolísticas, sociales y alcaldes de diferentes partidos, pero el calor de esta temporada nos congrega a todos como hermanos en un clamor unánime: que ya lleguen las lluvias, por piedad.

Parece que el proverbial clima eternamente primaveral de Guadalajara, con el paso de los años, se ha ido fundiendo en el horno de la urbanización.

Yo nací en el caliente Puerto de Veracruz y además viví feliz mi infancia y mi adolescencia en los climas extremos de Sinaloa y Sonora, donde los calores, especialmente en Hermosillo, llegan a niveles de hasta 50 grados centígrados. Dicen que en esas temperaturas te puedes freír un huevo en la banqueta. Yo, por eso, no me sentaba en las banquetas. Si comparamos nuestra temperatura con las que acabo de describir, nuestro termómetro tapatío que marca 30, 32 o 34 grados centígrados no es en lo absoluto una señal del Apocalipsis, pero a nosotros, los malacostumbrados habitantes del verde Valle de Atemajac y cercanías, nos hace sentir que caminamos sobre magma en el averno mismo.

Será que en mi casa, que también es la casa de ustedes, pero sobre todo del banco que me prestó el dinero para comprarla, no tenemos las instalaciones adecuadas para hacerle frente a los días bochornosos. El equipo de aire acondicionado que tengo en mi cuarto lo uso muy poco porque, por un lado me genera frescura, pero por el otro un ardiente y abultado recibo de luz. Este aparato consume más electricidad por hora que ejecutar a diez en la silla eléctrica.

Será que mi recámara es muy caliente, pero para mí las noches son de sofoco. Soy de sueño ligero y me despierto con el vuelo de una mosca. Por eso solo dejo entrar a mi cuarto moscas mancas que no pueden volar. El calor me pone de malas, me tiene dando vueltas sobre mi propio eje y cambiando de lado la almohada. Cuando prendo el ventilador parece que lo que encendí fue una secadora de pelo. Por eso, al despertar siento que no descansé lo suficiente.

Por otro lado, solo hay una cosa que me puede provocar más estrés que conducir en medio de un tráfico denso y odioso, y es conducir en medio de un tráfico denso, odioso y además tener mucho calor.

Hay un integrante de la familia que padece en forma particular la primavera y el verano: Trufa. Ella es un ejemplar Shih Tzu, una raza creada por los chinos en las estepas tibetanas donde los fríos son, paradójicamente, del demonio. Cada temporada de calor Trufa se desparrama a sus anchas en el piso buscando un poco de fresco y también alguna respuesta a sus conflictos existenciales: «¿qué carajos hago aquí?».

No sé si a ustedes, pero a mí el calor no me ayuda al trabajo ni a la productividad. Tan es así que cuando me senté a escribir mi colaboración de esta semana para el periódico, el tema elegido era otro completamente distinto, pero el calor me llevó a disertar sobre estas banalidades que a nadie le interesan. Por eso digo, con perdón de ustedes, que el calor me apendeja.

@jmportillo

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