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Viernes , 14.12.2018 / 18:13 Hoy

Columna de Juan María Naveja Diebold

La conexión Ayotzinapa-Charlottesville

Juan María Naveja Diebold

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Hace casi tres años 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecieron en camino a una manifestación en el estado de Guerrero. La presunta muerte de los pasajeros de un camión en una zona rural de México podría ser descrita como cotidiana. El 12 de agosto en Charlottesville, Virginia, durante una protesta a los planes de reubicar estatuas de militares que pelearon por conservar la esclavitud en la guerra civil estadunidense, uno de los conservadores extremistas atropelló a 19 contra-protestantes matando a una mujer. Éste incidente también ha capturado la frustración y enojo de una ciudadanía como lo hizo el del secuestro en masa en Iguala.

Más allá de compartir la matanza de manifestadores protestando injusticias, ambos eventos comparten el mismo detonante a descontento interno. En los dos casos, los presidentes de cada nación trataron de justificar los incidentes. La tragedia humana y la vileza que perpetró los crímenes generaron simpatía pública, pero fueron las actitudes de Peña Nieto y Trump que convirtieron a ambos eventos en emblemas la inconformidad ciudadana con ambos gobiernos. Un poco de contexto sobre la masacre de Charlottesville. Cuando la Unión de los Estados del Norte derrotó a la Confederación de los Estados del Sur y se abolió la esclavitud en Estados Unidos, surgió la necesidad de resarcir las relaciones entre los Estados y para eso rescatar el orgullo de los perdedores. Se reescribió la historia de la guerra y la causa del sur fue embellecida como protección del federalismo y el derecho de cada Estado a gobernarse y ser representado en la Federación. Se erigieron monumentos, los símbolos de la Confederación se incluyeron en el patriotismo nacional y se celebró su participación en la guerra como honorable e indispensable para crear la potencia mundial en la que se convirtió Estados Unidos. Mientras tanto, aunque tomó más de un siglo, los esclavos liberados por el conflicto han ido logrando lo que se asemeja a igualdad en la sociedad y para ellos, el heroísmo y orgullo sureño es un yugo más de esclavitud injustificable.

Desde hace un año el contingente liberal en el espectro político de los Estados Unidos viene advirtiendo que el movimiento de Trump tiene motivaciones racistas y que le ha dado validez y tolerancia a la voz del supremacista blanco. Los conservadores han negado que su presidente y sus más fervientes seguidores son racistas. La semana antepasada, cientos de extremistas viajaron a Charlottesville embestidos con emblemas del Ku Klux Klan, Nazismo y Confederación con el propósito de unir al conservadurismo en contra de "extinguir la historia del Sur de Estados Unidos". Cerca de mil ciudadanos de Charlottesville se manifestaron en contra y así resultó el asalto. Los conservadores tienen la razón, los actos de unos cientos de extremistas no son representativos de casi la mitad del electorado que votó por Trump, pero lejos de negar y reprochar a los manifestantes que gritaban peyorativos a judíos, negros e hispanos, el presidente Trump dijo que ambos lados tenían la culpa. Así que no, haber votado por Trump no hace a una persona racista, pero no denunciarlo ahora sí. Peña Nieto solo tenía que condenar lo sucedido en Ayotzinapa y alinear al gobierno federal en contra de las autoridades locales en Guerrero. Trump nomás tenía que decir que no hay lugar para Nazis y racistas en Estados Unidos. Ninguno tuvo el cinismo de decirlo. Quizás son más honestos de lo que les damos crédito.

juanmaria7@gmail.com
www.osomaloso.com

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