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Domingo , 24.06.2018 / 06:06 Hoy

Columna de Juan María Naveja Diebold

Fiasco olímpico

Juan María Naveja Diebold

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Lo que más me impresiona de los Juegos Olímpicos es que suceden. En la historia solo se han cancelado tres veces los de Verano: 1916 (Berlín), 1940 (Tokyo/Helskinki) y 1944 (Londres). Lo único que puede frenar los juegos de una Olimpiada es una Guerra Mundial. No se me ocurre ninguna institución humana con tanta perseverancia y al mismo tiempo tanta fragilidad. En un mundo en el que las naciones se disputan su soberanía entre sí, cada cuatro años nos reunimos todos a practicar deporte en señal de fraternidad.

Por lo mismo, es la única competencia deportiva en la que en realidad lo importante es participar. Habiendo dicho eso, siempre me ha consumido una pregunta ¿Se entera la nación anfitriona de la opinión que tiene el mundo de su desempeño? Es el ejemplo de saber si alguien se la pasó bien en tu boda a nivel mundial, nadie te diría que fue un fiasco.

Río ha sido la sede olímpica más criticada y que ha generado el menor interés en mi memoria y mi capacidad de investigación. Muchos atletas decidieron ni siquiera ir, los espacios no estaban listos y los que si estaban listos no estaban a la altura esperada, ha habido evidencia de trampa (Rusia e individuales), la ceremonia de apertura habría desilusionado hasta en un festival del Día de las Madres, el país anfitrión está inestable, hay un nivel de pánico salubre (zika) y el mundo ha estado preocupado por temas que roban la atención a los juegos (terrorismo reciente, elecciones). La responsabilidad principal cae sobre el Comité Olímpico Internacional por haber escogido a Río a sabiendas que Brasil sería anfitrión del Mundial de Futbol dos años antes, pero Brasil ha hecho un pésimo papel de anfitrión y me da mucha curiosidad si los brasileños saben que todo el mundo considera su rol un fiasco olímpico.

En Guadalajara tuvimos una experiencia comparable. El gobierno y los medios transmitieron el mensaje que los Juegos Panamericanos habían sido recibidos con gran entusiasmo por la comunidad internacional y el comité olímpico, cuando en realidad simplemente pasaron desapercibidos. Es totalmente compresible, recibir un evento olímpico es una gran carga civil y la ciudadanía en general no debe sentir que su sacrificio (y es mucho más sacrificio que honor) fue en vano, al igual que los novios en una boda.

También me pregunto cómo sería la recepción de los juegos de 1968 si hubiera existido la cobertura de noticias actual, aunque encontré excelentes reseñas, sólo con la matanza de Tlatelolco, México se hubiera quemado a la par de Brasil si sucediera hoy en día.

Hay quiénes, y concuerdo con ellos, creen que los juegos olímpicos deberían limitarse a un puño de ciudades que en realidad están preparadas para recibirlos y que se podrían rotar e incorporarse o desincorporarse otras de acuerdo a su situación. Para todos los países la organización implica una inversión enorme, tan grande que quebró a Grecia. Brasil hasta cierto punto ha sabido no gastar más, pero aun así está por verse los efectos tectónicos de recibir al Mundial y los Juegos Olímpicos consecutivamente.

Como ciudadano de uno de los países que quedarían justo en la periferia de las sedes potenciales (México está entre los 20 mejor equipados, pero no entre los 10 más preparados), yo no quisiera que hubieran otros juegos olímpicos en México. Además del costo injustificable de elevar las instalaciones a la altura de un acontecimiento de esa magnitud, invitar a cientos de periodistas internacionales a dar la vuelta por nuestro territorio es una certeza de perder cifras incalculables de inversión extranjera. No nos engañemos, detrás de la puerta tenemos la cocina hecha un asco.

juanmaria7@gmail.com

www.osomaloso.com

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