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Lunes , 12.11.2018 / 16:56 Hoy

Columna de Juan María Naveja Diebold

Constitucionalismo contra democracia

Juan María Naveja Diebold

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Esta semana el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador anunció que cambiaría los planes del aeropuerto de Texcoco en preferencia para habilitar el de Santa Lucía y usarlo en conjunto con los demás existentes. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró que firmará una orden ejecutiva para que los hijos de inmigrantes indocumentados que nazcan en su país de ahora en adelante no tengan derecho a la ciudadanía ¿Qué tienen en común estas dos acciones? Ambas son ilegales y características no solo de los presidentes de México y los Estados Unidos, sino de la oleada de política populista que ha surgido en todo el mundo.

AMLO aún no toma posesión de la presidencia, puesto que dura seis años, no seis años y medio. Mientras que no estoy de acuerdo con la decisión de modificar el proyecto ya encaminado y auditado por agencias internacionales independientes, también creo que, en la elección este verano, el electorado mexicano conscientemente eligió a alguien que sabíamos tomaría ésta y muchas otras decisiones autoritarias. Es una decisión democrática, aunque sea anticonstitucional.

En cuanto a Trump, la Constitución estadunidense le garantiza la ciudadanía y sus derechos a todas las personas que nazcan en su territorio y, a diferencia de López Obrador, no goza con el apoyo de la mayoría de la ciudadanía; su poder es uno sistemático, no democrático. Sin embargo, estaría en el poder de la mayoría electoral en Estados Unidos limitarlo en las elecciones de la próxima semana y las encuestas estiman que, el Partido Republicano que puso a Trump en la Casa Blanca, mantendrá el poder legislativo, se pronostica que no perderá por mucho. Si bien la mayoría no lo apoya, tampoco hay una mayoría que lo rechace.

No son solo Trump y López Obrador. El populismo autoritario también está en Europa y Sudamérica, se ha incrementado en Australia y Nueva Zelanda y siempre ha sido una constante en Asia. El autoritarismo es el cáncer del poder, solo frenado por la democracia, pero, paradójicamente, en 2018 es la democracia la que le está dando el poder al autoritarismo. No quiero usar los nombres de dictadores para compararlos con los gobernantes que estamos eligiendo en el mundo porque el drama solo ensordece más al público, pero a la sumisión voluntaria del electorado a un régimen autoritario anticonstitucional, le llamamos socialismo nacionalista.

Nuestras constituciones fueron escritas hace más de 100 años. Si tratáramos de hacerlas hoy en día no se parecerían en nada a las vigentes. Ningún gobierno se expondría a garantizar derechos como la salud o la educación sin clausulas de excepción. Cada punto y coma generarían un debate a gritos en las cámaras y al final acabaríamos con un documento demasiado largo y complejo para que una persona común pudiera entenderlo. Las constituciones actuales nos han permitido un compromiso entre sus aspiraciones antiguas y lo que hemos venido a aceptar como prácticas cotidianas que las sostienen sin llegar a garantizarlas.

Es un orden frágil y delicado que los gobiernos de la próxima década amenazan con destruir. La democracia nació del constitucionalismo, son organismos simbióticos, el pueblo no tiene derechos sin la constitución y la constitución ha perdido su poder ahora que los pueblos han elegido gobernantes que no la respetan.

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