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Lunes , 15.10.2018 / 08:29 Hoy

Columna de Juan Manuel López Garduño

Don Manuel López, soñador con profunda convicción ciudadana

Juan Manuel López Garduño

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En víspera de las pasadas elecciones presidenciales de EU, la revista The Atlantic publicó un artículo que analizaba la influencia de los robots digitales, conocidos como bots, sobre la opinión pública. El artículo señala que con conocimientos mínimos de programación se pueden crear bots y vender ejércitos de acarreados digitales a los políticos ávidos de popularidad. Se pensaba que la tecnología digital enriquecería la libertad de expresión al proyectar la voz de cualquier ciudadano, pero el triunfo de Trump confirmó que la inteligencia artificial es una arma política determinante en cualquier proceso electoral al influenciar la “libre expresión” de los usuarios de la redes.

Este riesgo inminente exige que los creadores de toda tecnología hagan una valoración ética de sus intenciones y como sus invenciones impactan todos los ámbitos sociales, incluyendo la libertad de expresión, columna vertebral de la democracia y recurso ciudadano contra los gobiernos autoritarios. Desde esta perspectiva, la historia de la lucha contra la corrupción gubernamental de don Manuel López, un mexicano de origen humilde, dotado de un ingenio técnico fuera de serie, puede ayudarnos a ver que en la motivación original del desarrollo de un invento radica su legitimidad ética. Al inventar, igual que al votar, soñamos en futuros mejores para todos, no solo para minorías empresariales o políticas, rapaces o incapaces.

Quien haya conducido en automóvil más de 10 horas continuas sabe lo agotador que es mantener el pie en el acelerador. En 1957, cuando don Manuel manejó por primera vez desde Mount Carmel Illinois hasta Ciudad de México, era aún más agotador. Bastó un solo viaje redondo de 6 mil kilómteros para que este migrante emprendedor pensara en un dispositivo que hiciera más fácil el trayecto que lo mantendría cerca de sus raíces durante su residencia en Estados Unidos. Combinando su ingenio creativo y el deseo de visitar su tierra cada año diseñó un dispositivo para el control automático de la velocidad de los automóviles, ahora conocido como cruise control.

En 1962 el gobierno norteamericano le otorgó a don Manuel la patente 3,059,715, pero a causa de un presunto plagio cometido por un reconocido fabricante de autos nunca obtuvo ganancia monetaria alguna por su invento, hecho que no le importó mucho. El cruise control, que actualmente incluyen millones de autos, no nació de una ambición material sino del deseo de volver a México. El invento tecnológico era un medio para llegar al destino soñado. Lo que nos devuelve a la reflexión sobre la ética intelectual de la tecnología y los valores que la definen.

Más allá de la maximización de las utilidades, ¿existirá una inquietud entre quienes desarrollan tecnología para la industria manufacturera sobre los impactos sociales negativos de ésta, como el desplazamiento del ser humano? Si proyectamos esta reflexión a otros sectores económicos, en los que la robotización y ciertos algoritmos pueden provocar inestabilidad laboral y tasas muy elevadas de desempleo ¿no tendríamos evidencias suficientes para ver que en todo desarrollo tecnológico hay virtudes y vicios? ¿No debemos exigir una valoración ética de toda invención tecnológica? Basta ver la carta firmada por 4 mil 600 empleados de Google como protesta por los contratos que firmó la empresa con el Departamento de Defensa de Estados Unidos para desarrollar tecnología de inteligencia artificial aplicada a los drones, que tan solo durante la presidencia de Obama mataron a 3 mil 797 personas.

En el caso de las tecnologías enfocadas a la gestión del conocimiento y la distribución de la información, las virtudes de plataformas como Google y Facebook son opacadas por los algoritmos que fomentan la adicción del usuario al dispositivo digital y el impacto negativo en la convivencia en el mundo real. Nuestra atención está fragmentada por la descontextualización informativa que fluye en redes sociales. La ciudadanía está atrapada en un laberinto de noticias falsas o información sesgada. Pasamos de la democratización de los medios, destino prometedor de la super carretera de la información de Bill Gates, a los socavones del autoritarismo tribal de las redes sociales que censuran a quien se atreva a dudar de sus datos a modo o confronte su pensamiento cuasi dogmático. Un lenguaje empobrecido y los insultos son el pan de cada día en las redes sociales, creando un ambiente polarizado que podría saltar de lo digital a la manifestación callejera violenta.

Antes de desbarrancar nuestro vehículo democrático en la supercarretera digital, retomemos la travesía de don Manuel para conocer la lucha quijotesca que emprendió contra la corrupción sin mayor recurso que la libertad de expresión, derecho que pensaba le otorgaban las leyes mexicanas. Recién repatriado, en 1973 don Manuel sintió en carne propia el autoritarismo que privaba en México. Fue detenido por colocar un rótulo muy visible en su camioneta que advertía a los conductores de la necesidad de manejar con precaución como manera de evitar a los mordelones, ya que “ellos minaban la economía del DDF”.

Comparado con el mar de críticas que circulan hoy contra el gobierno, tanto en medios análogos como digitales, el rótulo parecería insignificante para quienes no vivieron esa época en la que se acallaba cualquier voz subversiva. Comparando la crítica libre que ahora se ejerce con la época de censura cercana a los sucesos de 1968, la pequeña batalla ciudadana de don Manuel sirve como referente para apreciar la libertad de expresión que ahora gozamos y lo que significaría perderla. Hoy que nadie puede ser detenido por publicar una opinión crítica contra el gobierno, el meme burlón se ha vuelto un pasatiempo nacional. Desconocer el valor de esta libertad, que contrasta con la realidad que se vivió con el priísmo de los sesentas y setentas, atenta contra la democracia que aún no logramos consolidar. Paradójicamente, los medios digitales que dieron voz a cualquier ciudadano ahora pueden anularlo mediante ejércitos de bots.

Nunca olvidaré la imagen de mi papá en los separos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), ubicada en la Plaza Tlaxcoaque. A los 13 años, cuando acompañé a mis hermanos a ver cómo solucionar su detención, conocí de primera mano los laberintos más oscuros de la justicia del México autoritario de los años setenta. Entonces el PRI conducía un carro completo: diputados, senadores, burocracia servil y sindicatos charros. La privación de libertad de don Manuel me revelaba enseñanzas cívicas distintas entre dos países, ya que poco antes de regresar con mi familia a México, había visto por televisión el juicio de Watergate, que resultó en el encarcelamiento de funcionarios de la Casa Blanca y la renuncia del presidente Nixon. En cambio, para ser liberado, don Manuel tuvo que pedir perdón al coronel Jorge Obregón Lima, protagonista de varias crónicas de aquella época negra, y disculparse también ante los policías de turno en aquel edificio, símbolo trágico de la cara represiva del Estado mexicano.

Años después, en 1982 todavía era impensable que el PRI pudiera ser derrotado en las elecciones presidenciales, aun así, don Manuel salió muy temprano a cuidar voluntariamente una casilla para defender el voto. Allí permaneció vigilante hasta después de la media noche. Lo imagino sentado, igual que en los separos de Tlaxcoaque, dando la misma batalla apasionada que lo hizo inventar formas de volver a su tierra. Estas son las lecciones cívicas y de amor por México que recibí de mi padre, y la razón por la que siento que vale la pena compartir un fragmento de la ingeniosa vida de don Manuel López Mondragón, un soñador de voluntad implacable y con una profunda convicción ciudadana.
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Director general de Edumundo 360, especialista en temas de educación y tecnología, así como en el desarrollo conceptual de recursos interactivos para el aprendizaje

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