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Martes , 17.07.2018 / 01:59 Hoy

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La doble hazaña de Misael

Juan Ignacio Zavala

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Uno revisa las notas de las olimpiadas y siente que ya vivió esos momentos, hay algo que sabe a lo mismo aunque los resultados sean peores: es el sabor de la derrota inevitable. Checo textos que escribí respecto de los anteriores Juegos Olímpicos y la sensación es la misma. Así que tendré que repetir de alguna manera lo publicado entonces. En uno de esos artículos cité un texto de Guillermo Sheridan que se refería a los mexicanos que participaron en los juegos de invierno y en la competencia de campo. Llegaron hora y media después del penúltimo lugar. Los connacionales estaban exultantes porque habían llegado a la meta. Cierto, para ellos seguro fue un logro individual rescatable, para quienes vimos la información de aquel evento nos quedaba claro que lo que nos daba satisfacción era perder. Sheridan sostiene que para nosotros lo importante es perder, ni siquiera competir. Comparto su entusiasmo.

Ya he comentado que las leyendas que le dicen a uno de pequeño, las que escucha en boca de nuestros apasionados comentaristas, perfilan a cualquier joven a buscar una satisfacción en la derrota. Claro, porque la derrota tiene gran variedad de culpables y nada nos gusta más que encontrar culpables de nuestras derrotas. “Hay que saber perder”, “empate con sabor a victoria”, “llegamos lejos”, “pifia arbitral”, son frases que merodean nuestra historia deportiva. Alguien que crece cantando repetidamente en diciembre “no quiero oro ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”, tiene pocas expectativas de triunfo. De hecho Alfredo Castillo, titular de la Conade, es el ejemplo vivo de esa estrofa decembrina. Al señor Castillo lo que le gusta es romper la piñata: echar desmadre, llevar a la novia y darle sus arrumacos en las instalaciones olímpicas (la adrenalina deportiva puede alcanzar altísimos niveles), usar los uniformes de los atletas, estar de aquí para allá, tomarse fotos levantando los brazos, o lanzar acusaciones tuiteras. El desmadre, pues, en medio de la catástrofe deportiva. Sus reacciones parecen peores que sus acciones. Decir que ella y su pareja se pusieron uniformes de la delegación que no les quedaban a los atletas deja en claro que se piden uniformes a lo idiota, sin medidas de cada quien. A menos que Castillo nos quiera dar la falsa imagen de que le gusta ponerse ropa prestada que no le quedaba a nadie. Castillo se ha peleado con todos los atletas posibles. El rotundo fracaso de Castillo en la Conade es una expresión más de cómo se han manejado las cosas en este gobierno. El amiguismo, la novia, los viajes, la corrupción, la turbiedad, los malos resultados. Pero seguramente no le importa, sabe que el presidente Peña paga los costos y para eso son amigos.

La historia de Misael es la de una hazaña personal que al mismo tiempo representa una tragedia nacional. Detrás de cada medalla olímpica hay una terrible historia de desamparo, de abandono por parte de las autoridades. Que Misael haya tenido que botear para conseguir su boleto, habla de su espíritu de lucha, pero habla también del penoso papel del señor Castillo al frente de su trabajo. Entregado a la frivolidad, mientras Misael buscaba cómo llegar a competir. La hazaña de Misael es doble.

Twitter: @juanizavala

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