• Regístrate
Estás leyendo: Mi tía, mi Sherlock Holmes
Comparte esta noticia
Martes , 25.09.2018 / 20:22 Hoy

Paisajes de la memoria

Mi tía, mi Sherlock Holmes

Juan Gerardo Sampedro

Publicidad
Publicidad

Cuántas página podría llenar contando anécdotas de mi tía Consuelo, hermana de mi madre, madre de mi hermano Gerardo Alberto. No me alcanzarían los cuadernos para concluir esa tarea. Mi tía, mi hermosa Sherlock Holmes nos ha dejado momentáneamente solos: ha ido a explorar otros territorios; siempre me imagino que mejores que este que habitamos. Su título profesional, en su despacho, al lado de fotos familiares, llevaba sus apellidos, Martínez del Villar. Y de su nombre derivó el Chelo, como suele abreviarse cariñosamente para quien se llama Consuelo.

Desde muy joven uno de mis tíos comenzó a decirle Chelo y le agregaba el Holmes con la idea de reconocerla como al detective de A. Conan Doyle, el clásico Sherlock Holmes: «Cheloholmes".

Hace poco le llamé, le dije "hola, Holmes". Estuvimos platicando un buen rato. Es posible que advirtiera en ella lapsos de silencio.

Elijo ahora estas anécdotas divertidas y tiernas de ella que la hacían reír siempre que se las recordaba: Cuando los hippies ocupaban las páginas de los diarios, me dejé crecer el pelo hasta más abajo de los hombros. Era yo un hippie de pachuli y camisas coloridas. Una vez me pidió que le ayudara a sacar un objeto de debajo de un mueble. Cuando asomé la cara para entregárselo unas terribles tijeras aparecieron en sus manos cortándome un gran mechón de pelo. No tuve más que ir a la peluquería.

Abogada de profesión, fue el modelo a seguir de muchas generaciones. Holmes íntegra, de una pieza, fuerte, inquebrantable.

Desde su cargo de Ministerio Público, la acompañe (siendo un pequeño) a muchas de las diligencias a las que debía ir, así fuera en la madrugada. Lo conté en alguno de mis textos: aprendí a soportar el dolor humano pero también aprendí a comprender a los demás en su dolor. Me enseñó tanto de la vida.

Cuánto he retenido esta imagen: yo encima de un autobús despidiéndome de la ciudad, ella entregándome un sobre con diez cajetillas de Raleigh, agitando su mano, pidiéndome que me cuidara y que no dejará de ponerle un telegrama para reportarle que había llegado bien.

Apenas el domingo anterior murió mi tía Sherlock Holmes, mi tía Consuelo. Creo que sólo yo era uno de los pocos que me dirigía a ella así: Holmes.

Hoy tengo tantos recuerdos de ella. Tanto debo agradecerle.

He prometido que me cortaré el pelo como lo hice en aquella ocasión que ella río tanto mientas dejaba aquel mechón encima del engañoso mueble. Se lo he prometido pensando en sus grandes ojos infinitos. Infinitos como la eternidad que ha comenzado a vivir.

jgsampe@me.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.