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Lunes , 24.09.2018 / 13:42 Hoy

Los prodigios medievales hoy

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Durante la marcha de los milenios, el hombre se fue dado cuenta que el organismo es un micro cosmos. Había (y creo la hay) una influencia del cielo, del mar y las estrellas sobre algunos comportamientos a los que se les fueron dando una clasificación: esto es así y aquello es así.

La atribuida ignorancia del hombre medieval (un periodo que no es sólo de mil años sino que inicia antes y termina después, según Le Golf), no lo fue tanto: el cosmos estaba organizado, la tierra lo era porque el infinito lo es. ¿Sería por eso que Borges reflexionó en todo eso con un verso donde lanza la sentencia que dice: si alguien corta una flor hace temblar el universo? Incógnita, la vida es eso: lo desconocido se halla a la vuelta de la esquina.

Lo escribo porque ya se ha abierto el pasillo que nos conduce a otro año. Tan lejano veía, siendo un chamaco, la llegada del milenio... ahora lo he sobrepasado, todo corre a la velocidad de un cinemascope.

Pero este año habrá lunas azules, los astrónomos lo han explicado: fallará el calendario Gregoriano y los ciclos lunares, por lo menos un par de veces, serán de 28 días. Nuevo para mí, no para los hombres del medioevo que lo entendieron, aunque sin explicárselo bien.

Realicé, por simple ociosidad y aburrimiento, un recuento del 2017. Lo despedí tirado en un sofá. Levanté a la altura de mis ojos una copa de fino oporto, lo apuré de un golpe y vi lo vertiginoso de todo que dejé atrás, incluidas mis inevitables obsesiones. Vi huracanes, explosiones volcánicas, sismos, días soleados y escuálidas calles de ciudades sureñas. También traje a mi memoria los libros que leí y la música que escuché, la duela de básquet y uno que otro amigo o amiga que llegaron quizá para quedarse; uno nunca sabe. Nada es para siempre, es verdad. Todo pasa y todo queda, como lo escribió Antonio Machado.

Total, la luna azul fue de asombro. Los ojos del XXI lo sintieron como los que los prodigios de la naturaleza del XII.

Pude verla quieta, enorme, como emergiendo desde el fondo del cerro de La Bufa, en Zacatecas. Este escenario grandioso lo vieron los gnósticos y estaban convencidos que se trataba de un túnel brillante y enigmático que conducía a un mundo verdadero.

Ahora podía hacer mía esa concepción, no lejana al pensamiento medieval, a los prodigios de la naturaleza. Los hombres se asombraban de una lluvia de estrellas, de un eclipse o de una luna tan cercana como la que vimos hace unos días.

Entonces pensé, casi botando esa esfera como un balón de básquet, que lo mejor está por venir. Es mentira que lo hemos vivido todo. Vendrá lo mejor, vendrá solamente lo mejor.

jgsampe@me.com

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