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Paisajes de la memoria

El redondo negocio de la enfermedad

Juan Gerardo Sampedro

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Eso de sentirse (y verse) de pronto ante el espejo pálido y sabiéndose o sintiéndose con la presión alta. Vámonos a buscar los síntomas en el manual de medicina interna que tengo muy a la mano, cerca de mis grandes favoritos de la literatura mundial. A saber: la presión es la fuerza que la sangre ejerce en las arterias mientras está circulando. ¿Y eso? bueno hay predisposición cuando alguien sube de peso, tiene vida sedentaria y no como frutas ni verduras tal como lo aconseja el promocional de las sabritas. No pasa nada: hace rato llevo una vida ordenada, sin tabaco ni alcohol, otros condicionantes, además practico un poco de deporte en un prestigiado club de acá, cerca de mi casa.

¿Entonces? Bueno, otro factor más, ese del que menos se piensa: la genética que en todo está, parece el tinglado que en todo se entromete. Sigo leyendo: en América Latina el promedio es así: sistólica 120 / diastólica 80 / ritmo cardiaco de 80 a 90 por minuto. Arriba de 120 comienza la anormalidad y arriba de una frecuencia de 110 malo, algo no anda bien.

El martes anterior mi frecuencia cardiaca estaba arriba del rango y mi presión igual, muy arriba, casi rompía el las paredes. Pero ya era tarde y pensé que todo se había desatado por un refresco ligh que me tomé helado porque sentí un calor sofocante. Ah, dificultad para respirar. “Pues ya te fregaste, amigo mío, corre al hospital más cercano”.

Una consulta rápida: toma de un electro, toma del ritmo. Alto: todo alto y mal.

El médico, joven aún, alto e imponente, me asustó más al verle sus desorbitados ojos al checar esas rayitas que van saliendo en el electro.

“Usted está a punto de sufrir un accidente cerebro vascular y mi deber es internarlo inmediatamente. Antes, hay que someterlo a un Eco Cardiograma, igual se le hará un perfil tiroideo pero déjeme ver...”.

Me crucé de brazos, esperándolo:

Siguió: “Sí, del Eco son 5 mil y al internarlo hay que dejar un depósito de 20 mil pero es mi deber explicarle que de no hacerlo corree el riesgo de...” y se aventó otra vez la letanía. Como mi frustrada carrera es la medicina por mi cuenta he estudiado, así que entendí de lo que el médico hablaba. Le respondí que sólo traía unas pastillas salvavidas en la bolsita de mi camisa de mezclilla y en mi cartera lo suficiente para pagarle la consulta. No más.

Entonces dijo que me ayudaría y ahí mismo me hizo tomar grajeas de muestras médicas que le dejan los laboratorios: una para regular el tac tac del corazón, otra creo para bajar la presión y una más que funciona como anticoagulante.

Me regresé a casa y tomé además un ansiolítico tan potente como la presión alta que según traía.

Tengo un baumanómetro de pulsera, electrónico: estabilizado más o menos. Poco a poco, comenzaba a estabilizarme. He seguido la prescripción porque quien tiene mi expediente no está ahora en la ciudad.

Lo que deseo hacer notar aquí es cómo un hospital privado puede (y logra) lucrar con la enfermedad. Nadie carga con un depósito de 20 mil en el bolsillo como si fuera confeti, nadie carga con 5 mil para un Eco como si fueran canicas.

Mejor respiré profundo y me dormí.

Ahora siento un sueño profundo, muy profundo.

Debe ser que el medicamento me lo ha provocado.

Pues sí, no me queda sino esperar a mi atinado doctor, el que tiene mi expediente.

La lección que aprendí fue a no tomar nada ligh. Todo natural y sin excesos.

jgsampe@me.com

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