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Paisajes de la memoria

Abstracto de Carlos Pellicer (CdMX, 1948)

Juan Gerardo Sampedro

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Carlos Pellicer es un pintor de larga e impecable trayectoria. Su estilo se ha bifurcado con el tiempo, ha buscado y ha experimentado vías paralelas pero también distintas. Es natural: todo artista se halla obsesivamente animado para encontrar lo que los críticos denominan “estilo”, algo propio, algo tan suyo, siempre único e irrepetible como la huella digital.

Conocí la obra de Carlos Pellicer a través de los actuales medios digitales y de comunicación. De manera personal lo pude tratar a él en el marco de la Feria del Libro de Palacio de Minería que organiza cada año la UNAM, durante la presentación de un libro sobre Vicente Rojo.

En efecto: no creo en la gratuidad, lo dictaban los surrealistas. Dejemos que el azar haga lo suyo, decían.

Al visualizar atento la obra de Carlos Pellicer noto, lo percibo, que esos “abstractos” casi me dictan un poema. No recuerdo quién lo escribió pero es verdad: los lienzos también hablan y quien los mira los interpreta. ¿Cómo no recordar a Octavio Paz cuando hablaba de los “privilegios de la vista”?

En otras palabras: Carlos Pellicer ha impuesto metáforas a los colores.

Entonces no hay gratuidad ni en el arte ni en la vida cotidiana.

Hace una semana y al hacer una escala breve en Zacatecas rumbo a la magia de Torreón, me enteré (vía invitación previa, claro está), que Pellicer expondría en el hermoso Museo Manuel Felguerez una reunión de su obra “Abtractos”. Al entrar a la sala, no exagero, comencé a ver los cuadros y a escuchar los versos que de ahí emanaban.

Pellicer me obsequió, generoso como es, un catálogo que me dedicó en ese momento. Le dije “tus pinturas hablan” y él sonrió, puedo sospechar que compartiendo, sin reafirmarlo, mi muy humilde opinión. Fue como traerme la sala de exposiciones a mi casa. Volví a su obra y traté de nuevo de buscar lo que me he intimado “los colores de las matadora”. ¿Y la poesía no es igual ritmo y color? Poesía: la luz en la oscuridad, el otro ser que mira en el espejo, lo cíclico del dominio como condición humana, lo que nos ha sido otorgado sin buscarlo, lo que somos.

Por si hay una duda, transcribo sus palabras: “Mis padres (Juan y Blanca) fueron los mejores que puedo imaginar. Gracias a ellos y al mundo soy lo que soy. El recuerdo de mi tío Carlos es excepcional. Él fue poeta, uno de los más grandes de nuestro drama del siglo XX. Su presencia fue definitiva en mi vocación. Tanto en su casa como en la nuestra, colgaban cuadrados con la mejor pintura. Desde que tengo memoria quise ser pintor”.

Dialogan con nuestros temores y nuestros ratos de felicidad las tintas de Carlos Pellicer; vuelan las metáforas e invaden el espacio de una página enteramente blanca.

 jgsampe@me.com

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