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Viernes , 20.07.2018 / 15:58 Hoy

Sin coincidencias

¿Todavía hay tiempo?

Juan Gabriel Valencia

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A unos cuantos días del cuarto Informe presidencial, es necesario hacer un cambio estratégico. No para el Presidente en lo personal o su círculo íntimo de colaboradores y de parientes. Serviría para eso, también, pero no basta. El país del que Enrique Peña es jefe de Estado ha ingresado en una etapa complicada y con una pendiente llena de amenazas. Si no se han dado cuenta, no es solo por el futuro de ellos; es por el país de cuyo futuro hoy son responsables, no solo del presente.

La principal reforma del sexenio encontró un callejón casi insoluble: la oposición de la CNTE a la reforma educativa. En un primer curso de sociología se aprende que los conflictos sociales no se resuelven; se encauzan. El gobierno de la República ha puesto en marcha una estrategia de contención y de ser posible de distensión. No se está frente a un rechazo a una reforma educativa en concreto, sino ante un foco insurreccional que precede a la aprobación de la reforma y de hondas raíces sociales, no solo magisteriales o laborales. Se genera lo que llamaría Sanguinetti temor e impaciencia. Desde un punto de vista de gobernabilidad, las dos posiciones son un error.

Se observan debilidades en diversos flancos y todos pretenden sacar raja de ello. La CNTE advirtió con el instinto cultivado de hace muchos años el límite del Estado mexicano para el uso de la fuerza pública. No únicamente la CNTE, López Obrador, Miguel Ángel Yunes, Jaime Rodríguez alias El Bronco y muchos coincidieron y coincidimos en que hasta la corrupción tiene un límite. Como bien diría Javier Duarte, hasta El Chapo Guzmán hace acusaciones. Y en esa ruta de degradaciones recíprocas se encuentra el país en víspera de una elección estadunidense en la que la peor opción es xenófoba y antimexicana y la menos mala ve a México como un Estado corrupto e inseguro.

Se puede entender, que no explicar, que López Obrador trate de proyectar la imagen de redentor de la moral pública como bálsamo al desarrollo desigual de México. Es un sociópata y es un irresponsable. Pero que al coro se sumen personajes como Ricardo Anaya o Margarita Zavala es inconsciente e intolerable. Como quiera que sea, López Obrador en su obsesión se ha ganado el nicho que ocupa en la historia y que posiblemente lo haga presidente de México. Que el presidente del PAN, un partido político no exento de patriotas, haga lo que hace a diario y diga lo que dice es un tiro en el pie. Lo mismo la señora Calderón, porque si cree que, por ser mujer, discursivamente se le va a tratar con algodones, se equivoca. Su ficha curricular cabe en tres líneas y no pasa de ser aparentemente una buena ama de casa.

Todo lo que está ocurriendo es aprovechamiento de la debilidad y aparente ausencia del poder que, cabe recordar, se peleó para ejercerlo. El Estado priista vive rehén de memorias selectivas y de falsas culpas. La clase política priista es históricamente incapaz de llamarle a las cosas por su nombre y al cuarto año de gobierno se deslindan de lo que grupal y personalmente no conocen, que es la lealtad.

Las agrupaciones empresariales experimentan un corrimiento hacia el PAN. La clase priista se sume en el silencio. El PRD camina hacia su alianza con AMLO en 2018 apostando, por unas nóminas burocráticas, al colapso económico de México. El poder de la Presidencia mexicana es enorme y es para ejercerlo. Para eso, hay que tener conciencia de tenerlo.

valencia.juangabriel@gmail.com

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