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Martes , 23.10.2018 / 09:25 Hoy

Sin coincidencias

Más del papa

Juan Gabriel Valencia

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Más del papa. Decir que el papa Francisco y la relevancia de su visita a México traen consigo un mensaje de esperanza y compromiso es una perogrullada, o peor, una mentira. Llámese Juan Pablo II, Benedicto XVI o Francisco, es el papa, el sucesor de san Pedro, el vicario de Cristo, su "santidad", esto es la mismísima encarnación de lo santo, si eso existe.

Sería una torpeza analítica o de plano una mezquindad mal ocultada negar que aun cuando sea por cinco días, el viaje de Francisco a México supone una conmoción social como pocas pueden atestiguar generaciones de mexicanos sumidos por igual en la indigencia económica y/o la ignorancia doctrinal y/o la ausencia en sus vidas de un liderazgo que provea una apertura y oportunidad de futuro.

Francisco no es el carisma triunfador del fin de la guerra fría que representaba Juan Pablo II, desde su encumbramiento hasta su deceso, que en sí mismo constituyó toda una pedagogía del cómo morir de un papa venerado, poco visto desde una visión crítica tanto en el ángulo doctrinario como mundano.

Un cuarto de siglo de papado poco aportó al reino de este mundo que al otro reino. Pero eso lo pondrá en perspectiva la historia de los papas en los próximos siglos.

Francisco no tiene la densidad intelectual de Benedicto XVI, cuyo radicalismo doctrinario, en su más pura esencia, le permitió darse el lujo de ser y renunciar a ser el vicario de Cristo, una de las travesías de conciencia individual más escabrosa de la que se tenga memoria en la historia del papado moderno.

Francisco no es ni uno ni el otro. Es un jesuita y entre ellos hay de todo. Eso ha experimentado la historia de México, desde aquellos que inventaron para sí, para los demás y para las generaciones que siguieron la idea exótica, en aquel entonces, revolucionaria y hoy ajena a toda reflexión crítica de lo que es ser mexicano.

Han transcurrido casi cinco siglos desde que el combatiente san Ignacio y un pariente de los Borgia decidieron que la educación era una de las mejores armas para defender al papa, a Roma, y al corpus teológico y ritual al que le dio forma Pablo, un no discípulo y no papa.

Jesuita, latinoamericano, experimentado en la miseria sudamericana y en el modus vivendi con las dictaduras, hombre a punto de los 80 años, mediador en el diferendo cubano-estadunidense, habitante de un hostal modesto fuera de la residencia vaticana, pasajero de un Focus, orador ante el Congreso de Estados Unidos, aperturista hacia católicos rechazados por catolicismo tradicional.

Parecería ser un papa, para usar una metáfora de teoría sociológica, de ideas de alcance intermedio. Sin descartar en absoluto la posibilidad de sorpresas, no habrá mensajes explícitos alusivos a los 43 que vivos se los llevaron y todavía los están buscando ni a las autodefensas michoacanas ni a la red de complicidades de autoridades en el tráfico de personas. Habrá mensajes incisivos, de seguro hacia dentro de la Iglesia católica mexicana, sus clérigos, sus complicidades, políticas y económicas. Pienso que será el mensaje más importante. No es secundario. Se trata de reeducar a la Iglesia mexicana, desde sus oligarcas y plutócratas, para que el creyente recupere la confianza en su propia creencia en ellos representada. Ojalá Francisco se ocupe de lo que es de Dios y deje al César que lo juzgue la historia. Como dirían los jesuitas, para la mayor gloria de Dios.

valencia.juangabriel@gmail.com

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