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Lunes , 18.06.2018 / 17:19 Hoy

Sin coincidencias

Entre el "shock" y la eficacia

Juan Gabriel Valencia

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A cinco días del sismo del 19 de septiembre, Ciudad de México y poblaciones de los estados de Morelos y Puebla están a punto de concluir la etapa de emergencia y rescate. El duelo puede durar por tiempo indefinido, pero eso es un atributo y un derecho personal y colectivo. No cabe en el patrón de comportamientos institucionales. No está en su naturaleza y es contrario, incluso, a su función. El modelo institucional del gobierno mexicano está por entrar a la etapa de responder con eficacia, sin renunciar a su condición de gobierno legal, a las interrogantes fundamentales de ¿qué?, ¿cuánto?, y ¿cómo?

Regatear el valor de la participación social sería desafiar la evidencia en contrario y un absurdo. Pero todo brote político es efímero. Ha sido político, aunque a sí mismo no se reconozca como tal, en la medida en que ha significado una reasignación funcional de una parcela del poder ante una emergencia colectiva. Sin embargo, ni Ciudad de México ni el gobierno mexicano son los de 1985, cuando un presidente aturdido y un gobierno básicamente inepto e insensible dejaron que la voluntad y la emoción asumieran el control social ante un desastre. La reacción del gobierno esta vez ha sido razonablemente eficaz y oportuna. Al menos en Ciudad de México. Quedan dudas en los casos de Puebla y Morelos.

Ante la cerrazón institucional del 85, el dolor se convirtió en rechazo y odio. La sociedad capitalina se fracturó, responsabilidad atribuible básicamente al gobierno. Hoy ha sido otra cosa, además de que las magnitudes de las catástrofes de entonces y ahora no son comparables. Desde luego, algunos medios y la escandalocracia apenas disimulan su frustración ante un gobierno que, a diferencia de 1985, no ha perdido el control de la situación. Pero lo difícil empieza en los próximos días.

Fama pública, probada o no, es que al actual gobierno lo marca el estigma de la corrupción en sus prácticas y desempeño. La reconstrucción y la reparación suponen una enorme movilización de recursos y un mínimo grado de confianza. Se tiene el aparato institucional para una adecuada coordinación entre dependencias y con poderosos intereses privados. Se pueden establecer mecanismos de acción que, como en el Pacto por México, en 1989, alcancen resultados que se traduzcan en bienes públicos y uso transparente de recursos.

Ocurrencias habrá muchas en torno a quién se hará cargo de la reconstrucción. Desde los años 80 hasta la fecha se ha mitificado todo lo que es ciudadano y autónomo en detrimento de la política y de la fortaleza del régimen, a partir de iniciativas ciudadanas que solo han visto el modelo apropiado a su interés en su ascenso al poder por otras vías o, en el peor de los casos, en su simple y progresiva degradación. Fracasos gubernamentales ha habido en este tipo de tareas y no hay que remontarse hasta 1985 para aprender de ellos. Basta ver los daños, todavía no resueltos, de los huracanes Ingrid y Manuel.

Hoy y en semanas por delante, Enrique Peña y su equipo tienen la oportunidad de callar bocas y demostrar que se tiene un gobierno y un país de instituciones establecidas, confiables y eficaces.

valencia.juangabriel@gmail.com

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