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Jueves , 13.12.2018 / 08:37 Hoy

Sin coincidencias

Comunicación y confianza

Juan Gabriel Valencia

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En la acción política es diferente convencer en la deliberación y en la negociación legislativa que vencer a la opinión pública a partir de la decisión congresional.

Pocos impulsos reformistas tan intensos en el México moderno, en un sexenio como el de Enrique Peña. Nunca, difícilmente, tan mal comunicados. No sorprende, por eso, que el nuevo presidente del PRI haya hecho tanto énfasis en sus primeras declaraciones en torno a los problemas de comunicación del actual sexenio. Se requiere diagnóstico y también un mínimo de autocrítica y de humildad.

En lo que va de la administración de EPN hay dos etapas perfectamente distinguibles. La primera va desde el periodo de transición hasta los meses de septiembre-noviembre de 2014. Desde el periodo de transición se anunció la creación del Sistema Nacional Anticorrupción. Es hora de que no lo tenemos completo, a casi cuatro años de distancia. De arranque se anunció el Pacto por México y en los dos años sucesivos se aprobaron 13 reformas llamadas, algunas de ellas, con razón, estructurales, sobre todo educación, energía, telecomunicaciones. Se avanzó desde la aprobación de la reforma educativa en diciembre de 2012 hasta el anuncio del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en agosto de 2014.

En septiembre de ese año se produjo el caso Iguala. Intervención tardía y omisa del gobierno federal; absoluta impunidad del gobernador del estado de Guerrero; apertura a la movilización y a la intervención indebida e inepta de instancias internacionales. Inmediatamente después vino la casa blanca inexplicablemente explicada para la opinión pública con la intervención de la primera dama, que por definición no es sujeta de responsabilidad pública.

A partir de esos dos incidentes se perdió la credibilidad, la confianza y, sobre todo, la agenda del gobierno federal. El resultado de la elección federal intermedia de 2015 fue un espejismo que solo anticipaba la pendiente de caída electoral y de aceptación.

El presidente del PRI habla de recuperar la confianza. Eso está muy bien. Nada más que un partido gobernante tiene que respaldarse en la gestión gubernamental y en sus resultados, no solo en un discurso convincente y razonado. Son palabras. La gente, eso con lo que se le llena la boca a López Obrador, demanda hechos.

No hubo un discurso gubernamental unificador del proyecto reformista que recuperara el impulso modernizador de los años 90. Cada quien jaló para su santo. Educación, comunicaciones, energía, justicia, hacienda pública, etcétera. Sin esa narrativa de mediano plazo, solo queda la casa blanca, Iguala, la bien justificada construcción y arbitrariamente suspendida del tren chino, la falta de ingreso, la inseguridad, la escasa probidad, probada o no en el ejercicio de la función pública; se extravió la agenda y si no hay agenda no puede haber discurso ni narrativa ni confianza.

Entre los responsables del reformismo, técnicamente válido, pocos se ocuparon en decirle a la opinión pública con peras y manzanas cómo esas reformas habrían de mejorar su vida personal y familiar y cómo se habrían de impedir impunidades del servicio público y de la criminalidad a efecto de que esas reformas tuvieran plena vigencia. Pero eso no lo puede hacer el PRI con discursos, sino el gobierno, con acciones concretas, resultados y un cambio de retórica que deje de menospreciar el mal humor social.

valencia.juangabriel@gmail.com

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