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Jueves , 20.09.2018 / 08:35 Hoy

Sin coincidencias

19 de septiembre: la inflexión

Juan Gabriel Valencia

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Estaba relativamente soleado, caluroso; si acaso lloviznó en la noche, después de la tragedia. Un día en el que el gobierno, impotente, literal y jurídicamente irresponsable, hizo todo y dejó de hacer para que una ciudad lo odiara por una generación. Y decir el gobierno, así de genérico, es injusto. La mayoría de los servidores públicos estuvieron a la altura de la Historia, en mayúsculas.

Es obvio que esto lo escribe un defeño, harto en la memoria de un presidente colimense, de un regente guanajuatense y de un secretario de Programación y Presupuesto que era más defeño que la Catedral Metropolitana, pero que se decía nativo de Agualeguas, Nuevo León.

Es el trigésimo aniversario de algo que partió a México, no solo al DF, aunque muchos provincianos no lo entiendan. Ni siquiera defeños. Hoy, la mitad de la población del Distrito Federal es menor de 30 años. No vivieron lo ocurrido a las 7 horas 19 minutos de aquel 19 de septiembre de 1985. Viven sus consecuencias, tal vez sin saberlo.

Después de la derrota del PRI en el año 2000, unos cuantos priistas inteligentes realizaron reuniones privadas con expertos —palabra muy degradada hoy en día— para analizar las causas de la derrota presidencial de 2000. Mujeres inteligentes, más que hombres, encabezaron esas reuniones. Destacadamente y cada quien por su lado, Beatriz Paredes y Dulce María Sauri. Las opiniones eran muy diversas, pero todas tenían un denominador común: el 19 de septiembre de 1985: una tragedia natural sazonada de corrupción, ausencia, prepotencia, ineptitud, incapacidad de conexión entre un gobierno y sus gobernados. Así de simple.

Un presidente de la República, que en su seriedad profesional, fue incapaz, emocionalmente, de reaccionar de inmediato, de dar la cara a la opinión pública y tomarla de la mano. Un motivo para odiar al gobierno para siempre, desde la vista trágica de la intemperie personal frente a la tragedia y la soledad de un ciudadano naciente que emergía por primera vez por encima de filias ideológicas y de un presidencialismo en decadencia.

Se derrumbó todo. No solo la infraestructura hospitalaria. El Poder Judicial. Los emblemáticos centros habitacionales del desarrollo estabilizador. Se cayó también la Procuraduría del Distrito Federal, con encajuelados en el estacionamiento; la Dirección Federal de Seguridad en Plaza de la República y su tigre se murió, con el que torturaban a los presos políticos.

La iniciativa y la solidaridad ciudadana afloraron a pesar de la ineptitud y el bloqueo de las heroicas Fuerzas Armadas, que como no sabían qué hacer, pues simplemente se dedicaron a impedir y a obstruir que alguien hiciera algo (basta ya de discursos imbéciles sobre las Fuerzas Armadas).

Me parece que Marco Provencio en su artículo de MILENIO Diario del 18 de septiembre señala que de alguna manera nuestra noción de sociedad civil se gestó en aquel 19 de septiembre. Puede ser. Ya venía desde el 68 y pasando por el 10 de junio del 71. Lo cierto es que quienes vivimos aquí aquel día aciago disfrutamos, a tres décadas, de la solidaridad positiva y efímera de lo mejor de México y sufrimos hoy la emergencia duradera de esa sociedad civil, que no es toda, de los René Bejarano, Dolores Padierna y etcéteras, a los que habría que sumar la indiferencia histórica y la insensibilidad social de los priistas que viven en el aquí no pasa nada.

valencia.juangabriel@gmail.com

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