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Alfabeto, pan y jabón, hay que decir

Juan Carlos Porras

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Como auténtico fiscal de la santa inquisición científica Enrique Krauze llegó al Bajío (lunes 11) a dictar su postura sobre política mexicana, desde El pueblo soy yo (Debate, 2018), a empresarios y a estudiantes universitarios de León. Allí insistió en la concentración del poder, dada a un sólo hombre, no tendrá parangón (alguno) en la historia de México.

Bajo la vertiente de la democracia liberal el historiomensor exhibe a cabalidad aquel detestable argumento de que el hombre es el lobo del hombre pues un líder predestinado, visto por él como mesías tropical desde 2006, anquilosará al país y lo devolverá al siglo XX a los tiempos de Echeverría y de López Portillo.

El singular rechazo a Andrés Manuel López Obrador, AMLO aniquila no solo al heroísmo del personaje sino también a la democracia social que pretende dar una vuelta de tuerca en el país.

Pero la fuerza y la fusión en que se mueve “ya sabemos quién” con un buen sector de la sociedad mexicana estriba en formar parte de “la luz, la nube y el paisaje” (Carlos Pellicer, dixit) de una democracia que cambie a nuestro régimen lleno de tecnocracia donde los intelectuales orgánicos tienen ganado su lugar.

Afianzar entonces los privilegios de la tecnocracia conlleva a la defensa de esta y aún más “al mal de perseguir los temas que permitan interpretaciones brillantes y novedosas para los afines que también piensen con rebuscamiento y sientan tortuosamente” (Luis González y González: 1978).

De esto habla Krauze en su nuevo libro y replica su postura exhibida en El poder y el delirio (2009). Entonces a leguas busca y rebusca siempre los tres pies al gato. Limita y justifica su modelo de rancia democracia. Desdeña y sobre todo desconfía de la democracia social y de quienes apuestan por ella.

Ya tuvimos su embate desde “Por una democracia sin adjetivos” donde ofrendó el gran bocado al estómago del público…y, al paso del tiempo, en lugar de ver (la historia) pensó y con ello sustituyó las palabras asombrosas por las palabras habituales.

Ni siquiera apeló a la “antihistoria” que bien formuló don Wigberto Jiménez Moreno para afianzar la importancia de la historia regional, como corresponde a la visión de un México pluricultural.

Puertas adentro Krauze reformula su estatus de historiador y si bien cuenta con la madurez necesaria, lecturas amplias y simpatía de sus lectores, no tiene piernas robustas. Quiero decir, no sabe recorrer a pie, una y otra vez, la sede de su asunto, como bien aconsejaba el profesor inglés H.P.R. Finberg. Su visita a la ciudad sin lugar a duda es muestra de ello.

El personaje aparece por estos lares como el telonero, ideológico e intelectual, de Ricardo Anaya de la Coalición Por México al Frente quien, el jueves 14 en Irapuato y León, con empresarios y adherentes en general, insistió en traer: “Paz, agua y tren para Guanajuato”.

El discurso del candidato Anaya, por cierto, es la antípoda del de AMLO y resuena en los templos neoclásicos del rumbo.

El discurso de Enrique Krauze es la antípoda del de AMLO y resuena en los jardines provincianos de los atrios de los templos neoclásicos.

No dar dinero a las universidades, pidió al empresariado el intelectual orgánico, sino apostar por la creación de un estudiantado técnico y rudimentario capaz de sobrevivir con un bajo salario. ¡Fuerza bruta! Es lo que necesitamos.

Al parecer Krauze no ha entendido que existe una imperiosa necesidad de reconstruir biológica y culturalmente nuestra sustancia humana en México. Alfabeto, pan y jabón, hay que decir. ¿Será difícil que lo entienda? O ¿habrá que explicarle junto con Alfonso Reyes que lo demás se nos dará por añadidura?

Sin duda tiene una dificultosa tarea quien se ostenta como seguidor de Clío o más bien como un fabricante de la historia a modo.

¡Alfabeto, pan y jabón!, insisto.

* Director del Centro de Investigación y Estudios literarios de León, CIEL-LEÓN.

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