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2017-09-05

Juan Carlos Porras

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De los recuerdos más gratos de mi niñez tengo presente el festejo del IV Centenario de la fundación de la Villa de León. Las fastuosas celebraciones se dieron en la provincia donde un estilo colectivo de vida hace que nos veamos todos los días, a cada rato, conviviendo las mismas impresiones (Alfonso de Alba: 1949).

Era el año de 1976 y el Dr. José Arturo Lozano Madrazo como primer edil, dejaba un legado de infraestructura para la ciudad derivado de la continuidad de administraciones anteriores con Sergio Cano Meléndez y Arturo Valdez Sánchez.

Los 420 mil 150 habitantes del momento disfrutamos de la fiesta permanente como también del beneficio de las obras que dieron a León un mejor impulso y sobre todo el despliegue a ser una metrópoli "donde las horas se acortan y el hombre anda a la busca del éxito que le dé seguridad para el futuro".

Allí aprendimos que al renovarnos, hemos sabido tener el talento de conservar la continuidad de nuestra historia, sus costumbres y sus hábitos ya que no cejamos en el empeño de promover nuestra cultura y procurar que las expresiones artísticas nos lleven a un mejor estatus como seres humanos.

Por eso hay que decirlo en voz alta: el León 400 caló profundo en nuestro derrotero cultural. Quiero decir, sentó las bases para que la sociedad leonesa se constituyera digna de ser promovida con identidad propia y con pertenencia hacia la patria añorada.

Al citar el número 400 me lleva a recordar el significativo emblema que formaron sus números. El engranaje de los dos ceros enlazados con el cuatro nos llevaron a pensar en la vitalidad de la industria pero también en que "ser hombre del Bajío significa ser mexicano auténtico".

Dicha vitalidad fue promovida con mayor pulcritud al ser establecida una Junta de Administración Civil (1977-1979) presidida por el C. Roberto Plasencia Saldaña quien junto con doce ciudadanos más, de probada leonisidad, dieron el toque que faltaba para proyectar León hacia el futuro siglo XXI.

El ejercicio llevado a cabo, e instalado luego de la réplica política de los acontecimientos del lejano 1946, que para fortuna nuestra no derivaron en un desaguisado mayor, se concentró en sentar las bases de la economía local donde, a decir de Antonio Pompa y Pompa "predomina el imperio de los negocios, del mecanismo, de las transacciones" para dar paso a que "sus gentes hablen de corrientes filosóficas, de matemáticas, de física moderna y de letras humanas".

Allí está la raíz y el trasunto del León 400 que sigue contando.

No es una simple cifra de obra pública tardía e incompleta. Tampoco del no reconocimiento de continuidad que han tenido los que nos precedieron. Menos nulificar el sello personal y propio que contenga sentido universal. No. No es así. Porque las calidades y cualidades del número 400 están por encima del guarismo que suma con el afán de ganar votos.

La razón natural del número está más allá del significado y su significante. Pero al no tener noción del fondo y de la forma de la cifra, quien lo promueve optó por una convención que sin lugar a dudas traerá consecuencias a largo plazo.

Con una base matemática de 10, y aquí aludo a mi querida maestra Ikram Antaki, el número 400 parece más interesante que el 401 o que el 443. Pero "todo esto no tiene ningún sentido, ninguna importancia, es imaginario y trivial".

Ahora bien, ¿por qué damos tanta importancia al número 400 en León? Primero porque es asunto de grandeza y excelencia. Segundo porque vive y convive en nuestro ámbito. Tercero porque es una expresión vital de nuestra cultura. Cuarto porque es síntesis de progreso y porque es reflejo del lejano 1876 cuando se comenzó la grandeza y excelencia de la Ciudad del Refugio.

Estos derroteros afines son tomados ahora para negociar números que den algo. No sólo una cifra sino que la cultura va que va sin saber a dónde. No se plantean los agentes del cambio ni sus condiciones para operar, más bien se sirven de los demás para permanecer en el poder sin saber a bien qué sigue.

Seamos justos en la concepción de un finalismo que nos lleve al análisis certero, porque los adeptos al embate -muy parecidos a los 400 surianos hijos de Coatlicue que deseaban destruir la llegada del Sol- están más despiertos que nunca. Son claramente identificables.

No tienen raíz por estos lares. Nada saben de la síntesis selectiva de todas las expresiones que tiene el hombre del Bajío.

A esto se le llama crisol, mejor dicho, nuestro crisol que encierra un contenido cultural que tiene sentido en el mundo.

Aludir al número 400 es revelar el espíritu sui generis del país que tiene el Bajío leonés.

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