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Miércoles , 26.09.2018 / 10:30 Hoy

Las posibilidades del odio

Víctor Carrancá: entre la duermevela y las espirales de la mente

Juan Carlos Hidalgo

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Siempre resultará un reto realizar una comparación que parezca descabellada; y es que de entrada la literatura de Víctor Roberto Carrancá casi nada tiene que ver con el futbol. Pero es que a uno de los jugadores más creativos y artísticos que el calcio ha dado en los últimos años –Alessandro Del Piero- recibió el apelativo de “El fantasista”. Se trata de un calificativo refinado, poco usual y tan acertado para quien fuera figura de la Juventus y la selección italiana, pero que también aplica perfecto para lo que hace este escritor nacido en la Ciudad de México y actual residente de Puebla.

Después de leer su ópera prima, “El espejo del Solitario”, editado por Ficticia, tal parece que el autor se desdobla y convierte en un aparente personaje que domina la obra. A Víctor le han llamado –le hemos llamado- “El solitario”; sin saber que aquello apenas se circunscribiría a ese primer libro lleno de pistas y simbolismos –tal como a él le gusta-. Ahora entrega un segundo volumen de cuentos, “Tratado de las espirales” (coeditado por Atrasalante), y al concluir una primera lectura es imposible que una bien conocida frase de Borges nos de vueltas, una y otra vez, por la cabeza: “Dios mueve al jugador, y este la pieza; ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza”.

Cuando escribe notas sobre cine, el propio Carrancá se denomina un asesino; será inevitable que en las andanzas entorno a esta nueva colección de cuentos se le identifique con un soñador, pero al término lo ha devaluado el romanticismo de autoayuda y una terrible y famosa obra de teatro musical. Ni pensar siquiera en usarlo. Es por ello que podríamos plagiar a Del Piero y decir que Víctor es un “fantasista” en toda regla.

Una propuesta como la de Víctor Roberto Carrancá sobresale en el panorama de las letras nacionales por su peculiaridad, por su distancia con la andanada de materiales tan sobados, planeados y ejecutados por los grandes consorcios editoriales. Ni siquiera es menester apuntar que va a contracorriente; más bien sus escenarios, temáticas e intereses estéticos llevan un rumbo distinto al alud de publicaciones concebidas desde y en torno a la violencia pública. Y tampoco es que en estás historia no existan crímenes o muertes, pero el sentido que estos tienen se ocupa de colocar al individuo en el centro de todo.

Pero tampoco es que baste con la excentricidad; aun en el enloquecido universo de los Rara avis se requiere de calidad escritural… y Carrancá la tiene. Incluso al revisar con atención la pesquisa de palabras que realiza previo a la escritura misma de los textos, parecería que emerge de tiempos idos, que combina épocas y estilos en pos de concebir un presente difuminado que nos entrega una larguísima estela de interrogantes. Lo que es un valor agregado al trabajo de un escritor de valía; el craso error de los best sellers es responder abundantemente a todos los aspectos de lo que están contando.

Víctor consigue descolocar al lector… le provoca múltiples preguntas para asimilar asuntos que bañados de una marejada de onirismo harían las delicias de doctores tan reputados como Freud y Young. Hasta creo que en este libro ratifica que continúa con su labor disciplinada como una eficiente tarea de ahorrarse el gasto de terapias y largas horas tirado en divanes que no arrojaran algo concluyente.

Con 17 bien concebidas y algo complejas piezas armó una alucinada máquina narrativa; un aparato extraño del que ignoramos su origen y funcionamiento, pero del que intuimos que algo tiene que ver con la muerte –una forma de sueño prolongado-. “Tratado de las espirales” bien puede tomarse como cuentos independientes pero a la postre se tiene la sensación de que también se comporta como un libro cohesionado y unitario (¿acaso una novela mutante y huraña?). Un misterio agregado que sólo puede desvelar la mente que lo ha creado.

Es inevitable que así como uno hace comparaciones fantasísticas, como la de Del Piero y Carrancá –procedentes de ámbitos distantes-, también tienda a relacionar escritores a partir de afinidades o vínculos de los que se tiene noción que existen. Es atractivo aquello de los considerados difíciles de clasificar… esquivos y esquivadores –como Messi y Garrincha-, por lo que “Tratado de las espirales” me ha hecho recordar a Pablo Soler Frost y Javier García Galeano dentro de lo se escribe en el país, pero especialmente me remontó e hizo tener muy en cuenta a dos raros latinoamericanos y universales. Uno ya fallecido, el uruguayo Felisberto Hernández y otro absolutamente presente e incidiendo de manera crucial en la literatura del presente: el argentino César Aira.

Cada uno peculiar en extremo, pero unidos por haber emprendido una fuga de cualquier canon estilístico y temporal. A ellos, sumo a Víctor Carranca y lo hago al citar al Dr. Sarcise y sus escritos –revisados posteriormente a su desaparición- y que cuya cuarta nota cierra el libro: “Este es el teatro de mi cabeza. El circo de pensamientos trapecistas, sufrimientos excéntricos y excentricidades sufridas”.

Y cómo suelo buscar la banda sonora de todas las cosas; “Tratado de las espirales” me remotó hasta “El Jardín de la duermevela” de Nacho Vegas. En aquella canción el asturiano dice: “¿No comprendéis que yo ya no soy yo cuando ella entra en mi sangre y me pone a morir? Buscadme allí, en el jardín de la duermevela”.

Me parece que Víctor Carránca se ha empeñado en sembrar y regar el suyo con inmensa paciencia y suficiencia; un prado no exento de hierbas venenosas de las que ha salido bien librado.

circozonico@hotmail.com

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