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Jueves , 13.12.2018 / 16:53 Hoy

Las posibilidades del odio

"Paloma", la segunda y amarga novela de Emilio Carrera

Juan Carlos Hidalgo

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Estando en Tampico so pretexto de un trabajo literario (en compañía del poeta Daniel Fragoso y el investigador Carlos Juárez), primero sesionábamos en un inmenso centro cultural y por las noches realizábamos un recorrido nocturno para atestiguar diversas expresiones del esparcimiento –que pese a los problemas sobrevivía en la ciudad-. Estuvimos en un antrillo medio hípster, contemplamos los vestigios de la más famosa casa de citas y visitamos un emblemático table dance. Cada uno tenía actividad y su respectivo público; a su manera la gente se divertía, pero en todos los lugares estaba prohibido severamente pronunciar una palabra: narco.

Se trataba de una presencia más que tangible que en todos los lugares se manifestaba; habían ametrallado la avenida principal, pero respetaban el restaurante de más abolengo: Los curricanes. Los narcos eran como fantasmas huidizos, como sombras que te esperaban al doblar la esquina. Todos saben de ellos, todos los han visto, muchos los han padecido, pero nadie habla de ellos. Para referirse a ese poder casi invisible les nombran “los malos” –siempre y cuando quisieran ser valientes-, pero para no correr riesgos, sencillamente se les dice “aquellos”.

Además, con esa palabra se marca distancia; están y no están, existen y no existen. Todo lo ven, pero no se manifiestan sino para violentar el orden cotidiano. Aparentemente, existe una marcada separación entre ambos polos. Pero la realidad nos da una fuerte bofetada y nos grita que no es así. El verdadero problema viene cuando se diluye el “aquellos” y lo absorbe el “nosotros”. No son “ellos” o “aquellos” los malos, sino lo somos todos. Todos somos los malos.

¿Estaremos en posibilidad de aceptarlo? ¿Tendremos miedo de reconocer hasta qué grado el crimen y el delito conducen la forma de vida de la gente a todos los niveles? En su segunda novela, Emilio Carrera no se anda con contemplaciones y nos muestra a un Guanajuato sacudido por los jaloneos entre los distintos carteles, cada uno urgido de hacerse de plazas nuevas, así se trate de pueblos ramplones y de corroer todo tipo de negocios y exigir su rebanada del pastel a través del secuestro, levantones, golpizas e incluso asesinatos.

A partir de la lógica simple tendríamos en claro que “aquellos” son “los malos” –muy malos- y nosotros los buenos –no tan buenos-. Pero Paloma nos muestra un panorama más amplio y no menos desolador. Existen tipos más sofisticados de delincuentes –más al estilo de los de cuello blanco- y que se pertrechan detrás de una aparente legalidad, que puede abarcar casas de cambio, lotes de autos usados, empeños y bares, tugurios y cantinas.

Se trata de una versión guanajuatense de cierta clase de mafia, que por supuesto requiere de golpeadores y sicarios. Y Mauro, el protagonista, es un hijo del infortunio y la pobreza crónica. Alguien que desde muy pequeño no experimentó otra cosa que penurias, privaciones y discriminación. Parecería que en el fondo lo que Emilio Carrera se propuso poner en tela de juicio es aquello planteado por Juan Jacobo Rousseau: ¿El hombre es bueno por naturaleza o es la sociedad la que lo envilece y despierta y alimenta su maldad?

En el pequeño pueblo de Otates se dan los chismes grandes y puede ser un infierno enorme. Mauro tiene un hermano mayor –que lo odia y golpea-; la madre –más preocupada en sobrevivir- poco puede hacer y muy pronto se vendrá el primer crimen en la historia. Inicia pues lo que será una larga cadena de muertes –voluntarias e involuntarias-. Ya se sabe, la suerte está echada y no hay de otra que capotearla el lapso de tiempo que más se pueda.

Emilio no hace sino reiterar y ratificar sus intereses y obsesiones literarias: la naturaleza del crimen, por una parte, y las expresiones religiosas, en el entendido que en las dos se concentran manifestaciones más o menos torcidas de la fe. Plantea que existen causas diversas, pero es fácil que un hombre termine por matar a otro, al tiempo que busca explicaciones o coartadas en una religión que no entiende. ¡Vaya peligro el de acabar convertido en un fanático!

Desde el título mismo, Paloma (Ibbuku, 2018) es una novela engañosa; el blanco animalito de la portada debería estar muerto; y tampoco tiene que ver con alguna canción del también guanajuatense José Alfredo Jiménez, pero si desea emular a las tragedias que se expresan en las rancheras y aquí se han escogido epígrafes de una composición de Rubén Fuentes, aquel de “La bikina”; “Ruega por nosotros”, hecha famosa por Cuco Sánchez y Amalia Mendoza “La tariacuri”. Todo indica que Carrera disfruta con engañar o desconcertar a sus lectores.

Cuando abrió un perfil de Facebook para su opera prima, El apostolado de Juan, recibió mensajes de felicitación de los que creyeron que se trataba de una obra de divulgación cristiana y que se decepcionaban al adentrarse en los derroteros de un asesino procedente de Chiapas. ¿Qué es lo que ha hecho ahora?

De golpe y porrazo nos hace acompañar a Mauro durante una peregrinación multitudinaria. Los fieles van para pagar una manda, pedir un milagrito o dar gracias. El sicario tan sólo busca un poco de tiempo y camuflaje cuando ya lo ha perdido todo. Hago votos para que Paloma encuentre muchos lectores, aun cuando sepan por anticipado que no existe posibilidad alguna para la redención.

Parecería que Emilio parafraseó a otra canción inmensa; lo que bien nos enseñó Joy Division fue que: “el amor habrá de separarnos” –Love will tear us appart-. Tal como José Alfredo, el matón Mauro tenía a su Paloma y la ha perdido. Aquí se nos recuerda que es casi imposible acabar con el orden maniqueo de las cosas, que los poderosos siempre triunfan y que los desarrapados tienen vidas fugaces y nulo derecho a mirar a la felicidad a los ojos.

La fatalidad se respira en el aire y el escritor no debe hacer más que olfatearla. Carrera se queda con los desechos, con los retales, con los sobrantes de vidas tristes y miserables y los va enhebrando. Al final, va uniendo y troceando los fragmentos y los va soltando página a página esperando que el lector participe y se una al recorrido. Paloma es cruel y amarga y provoca una lectura tensa y nerviosa que al final me deja zumbando en la cabeza una frase de ese amado pensador rumano que también se llama Emilio, pero se apellida Cioran: “Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos”.

circozonico@hotmail.com


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