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Miércoles , 18.07.2018 / 11:49 Hoy

Las posibilidades del odio

Natalia Lafourcade, el rock y la estupidez de los Grammy

Juan Carlos Hidalgo

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Resulta que por una o varias razones los Premios Grammy siguen levantando polémica. De entrada, que unos galardones entregados por una organización tan conservadora, poco imaginativa y que atiende a intereses de la industria del modo más frontal sean considerados un referente habla mal de los analistas. Para varios periodistas de nuevo cuño la respuesta fundamental –expresada sencilla y coloquialmente- es: “es que los Grammy hace mucho que ya fueron”.

Y es verdad; hace mucho tiempo que no sorprenden en cuánto al espectáculo, lo que debería ser un tópico central, dado que los criterios evaluativos de plano rayan en lo descabellado y de risa loca. ¡Vamos, este año ganó disco del año Taylor Swift! Tamaña ridiculez cualitativa. En fin, allá sus jurados y el mercado al que va dirigido. Lástima que Kendrick Lamar se quedó sin un galardón que bien merecía (¡y que buen show dio!).

El asunto es que en esa misma entrega le tocó un premio a Natalia Lafourcade, debido a un disco espléndido y lleno de calidad y atractivos estéticos. Pocos serían los que pusieran en tela de juicio que merece el reconocimiento internacional, pero resultó que le adjudicaron la estatuilla para el mejor álbum de rock latino. Y por si no fuera poco el dislate, lo comparte con un tipejo de tan baja calaña musical como Pit Bull, un cínico y mercenario con el toque de un Rey Midas tropicalizado.

No faltó una andanada en las redes sociales para burlarse e ironizar acerca del Premio, a partir de que ahora, esa frágil chica y artista de pop fino representara al H.H.H. rock mexicano. No puedo sino entender que esas reacciones reflejan parte de la falta de perspectiva y criterio que existen en el ámbito nacional. ¡Y no se piense que Natalia enarbola la bandera del rock azteca! Es evidente que aquellos del comité calificador sufren de sordera y oligofrenia –cuando menos-, pero de ahí a ofenderse y rasgarse las vestiduras por tal confusión hay una gran brecha.

En México se suele creer que somos el centro del mundo y que nuestras artistas fácilmente son valorados y apreciados en el extranjero. Y no ocurre así; tienen que trabajar muchísimo para abrirse paso. Si para algo sirve el Grammy es para que otros oídos escuchen a Natalia y otras miradas le atiendan y presten atención. Si ella logra bajarle algunos seguidores a Pit Bull ya es ganancia. Toca que en el país nos deberíamos de alegrar aun si consideraran que hace jazz o metal alternativo. Los géneros musicales se han difuminado de tal manera que cada vez es más difícil identificarlos o pensar que se conservan en estado puro.

Esta misma semana en uno de los principales portales para descarga de música gratuita –manejado por expertos- apareció en avance el nuevo disco del grupo norteamericano Animal Collective y resultó que lo mandaron al apartado de Indie Folk. ¿El grupo hace tal tipo de música? La respuesta es: si y no. Algo tendrá de la mixtura a la que aludieron aquellos expertos, pero lo cierto es que también tiene mucho de electrónica, pop cósmico y psicodelia; en términos generales, hay mucho de experimental en la banda; y ellos han insistido en que elaboran una forma contemporánea de pop (¿o así habrá de ser y sonar el pop del futuro?).

No sólo es una cuestión estructural (musical) ni discursiva; en ocasiones es una u otra. No son pocos los músicos que insisten en que cada vez hay que ponerle menos atención a los géneros y subrayan que no asumen su tarea creativa a partir de la idea de ceñirse a tal o cual forma o estilo. Hacen música y punto (en Animal Collective es más que evidente). Ya lo dijo el gran crítico Greil Marcus: “antes de ser enunciados que podamos comprender, las palabras son sonidos que podemos sentir”. Y así con la música.

Simon Frith, director del reputado Mercury Prize y académico de tiempo completo, apuntan en un libro interesantísimo llamado “Ritos de la Interpretación –sobre el valor de la música popular”- que no sólo es menester evaluar a los productores de la música, a la música en sí misma y a los receptores, sino que también es importante el contexto mismo en se produce –ya sea grabada o en directo-.

Disertaba sobre el asunto cuando apareció re-publicado, en la web de Efeeme, un texto del excelente periodista español Juan Puchades –veterano y avezado- al que tituló “¿De qué hablamos cuando hablamos de rock?” (original de marzo del 2014), al que de entrada se acompaña de un balazo que dice: “El rock es mucho y muy variado, y desde sus mismos orígenes se dilató de tal modo que tratar de acotarlo o ponerle fronteras a capricho y según excluyentes personales es un completo absurdo”.

Y para mejor dirección del asunto continúa: “Para algunos, única y exclusivamente responde por rock aquello que se atiene a guitarras fuertes o distorsionadas, bajos y baterías contundentes, ritmo potente o bailable, donde la masa sonora es lo principal, con la voz hundida en la mezcla instrumental. Para otros, sólo donde campa el decibelio estruendoso y la tormenta sónica anida el rock. Hay, incluso, quienes únicamente lo ven en propuestas que se escoran hacia el largo desarrollo instrumental eléctrico.

Y podemos cerrar: “intentar establecer líneas divisorias entre géneros y estilos hermanados resulta harto complicado: un mismo artista puede pasar de unos a otros en distintas canciones de un mismo álbum, o emplear elementos o recursos de varios de ellos en un único tema. Pero es que esa es la esencia misma del rock”. ¡Natalia rules!


circozonico@hotmail.com

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