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Domingo , 09.12.2018 / 21:26 Hoy

Las posibilidades del odio

Contratiempo o del placer de la post-fotografía

Juan Carlos Hidalgo

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Ni lo dude, el arte no acepta medias tintas; exige compromiso total para ofrecer dividendos que se concentran en buena medida en el proceso mismo de creación y la manera en que afecta e impacta al autor. Ya será otra cosa la recepción de los espectadores; algo que no se puede calcular ni predecir, pero la recompensa ha sido otorgada previamente. A fin de cuentas, el artista es quien decide “exponerse”, ponerse delante del otro y buscar su reacción.

Aun hoy subsisten aquellos que de entrada buscan una interpretación estrictamente intelectual del arte y pasan de largo que lo que le da razón de ser en gran medida es la EXPERIENCIA SENSIBLE. Se trata de sentir, primero, y de pensar, después. Hay que poner los sentidos por delante y abrirse a lo que una obra de arte puede provocar.

Pienso en ello a lo largo de todo el montaje de “Contratiempo”, la reciente exposición de la artista hidalguense Lourdes Corzo, que recién se inauguró en la galería Hernández Delgadillo del Foro Cultural Efrén Rebolledo. Porque resulta que la primera pieza con la que el visitante se encuentra al interior de la sala es una especie de mural picto-fotográfico, en el que decenas de impresiones fotográficas se unen para mostrarse como un todo de gran formato que absorbe y abarca a la persona que lo contempla.

Cada quimio-grama es producto de las técnicas antiguas de la fotografía y regresa a esa belleza clásica de la plata sobre gelatina. Pero no tienen imágenes, se trata de accidentes controlados para permitir que los químicos reaccionen y escurran sobre el papel. A la postre se obtienen piezas abstractas que dan la sensación de textura y contraste. La apuesta es que la gente la pueda apreciar como una gran pintura; es decir, se concibió y pintó un cuadro a través de la fotografía tradicional.

Tal es la tarea de la post-fotografía. En el entendido que mucho se ha hablado del impacto de la tecnología y el hecho de que cada poseedor de un celular es de facto un fotógrafo. ¿Qué debía hacer esta disciplina para conservar ese sentido artístico y por ende estético? Una de las tantas posibilidades es liberarse de la tiranía de la figuración y la literalidad. Así lo ha hecho Lourdes Corzo y marcha sobre una senda de lo planteado por el gran artista y teórico catalán Joan Fontcuberta, quien en repetidas ocasiones insiste en señalar que nos hemos convertido en “homo-fotograficus”. El escenario es el siguiente: “¿Quién no tiene una cámara en el móvil lista para ser disparada a la menor oportunidad? Cada vez son menos los románticos del revelado químico pero nunca antes se habían producido tantas imágenes. Han cambiado las reglas del arte de pintar con luz, que según Fontcuberta, ahora se llama post-fotografía”, acota una nota de prensa.

Expandir la fotografía… tal es el intento de “Contratiempo”; es por ello que durante el proceso museográfico y la instalación (que me correspondió) tenía una sensación similar a la que experimenté en la muy conocida sala del MOMA, donde se exhiben unos hermosos Nenúfares de Monet y que únicamente tiene las paredes blancas y una banca. No hace falta nada más. En aquel recinto el color te desborda y rebasa… abarca toda tu perspectiva.

Lo más seguro es que muchos piensen que en nada se parece a la pieza de Corzo… y tendrán razón. Pero en lo personal, LA SENSACIÓN es muy parecida. Luego tendría que agregar la relación con los cuadros de Rothko y, especialmente, con los de Jackson Pollock. Acá lo que te inunda son esos contrastes entre sepia y gris; los juegos de sombras y los claroscuros. La misteriosa belleza del arte abstracto. Que me lleva hasta otra de las contundentes frases de Fontcuberta: “Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera. Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa”.

Porque entiendo “Contratiempo” también como un performance; uno que no mostró la acción previa sino los resultados. Las tareas sobraban y la charla las hacía pasajeras. Dimos tantas vueltas alrededor de “la obsesión” como principio rector de la exposición. No podría ser de otra manera cuando la artista suspendió más de 500 botellitas impresas y consiguió una pieza con la ligereza y transparencia que tanto recomendó Italo Calvino. Lourdes subía y bajaba de la escalera con el mismo tesón, paciencia y concentración con la que Penélope tejía su tela en tiempos de “La Odisea”.

Fue así que los apuntes dispersos entre la colocación de tantos cuadros y la elevación de los frasquitos nos llevaban a Marina Abramovic –la diosa de lo obsesivo y los performance-, a los mega proyectos de Francis Alys –que se antojan a veces casi irrealizables y no lo son al final- y, por supuesto, a lo metafórico de la obra de Gabriel Orozco. No es obligación que en la materia misma radique el arte sino que el universo de las ideas es inabarcable y también ahí nos movemos. ¿Es tan difícil entender al arte conceptual, Avelina?

El crítico Iván de la Nuez agrega a propósito de lo dicho por Fontcuberta: “El principal malestar de la cultura contemporánea no proviene de lo que concebimos como ficción sino de aquello que percibimos como verdad”. El arte es tan vasto como para constreñirlo a través de un presuntuoso clasicismo o un dictatorial pensamiento único.

Porque además Labyrinthus, una instalación que cierra la muestra y que se basa en jaulas suspendidas e iluminadas en su interior, también es pretexto para la evocación poética (andan por ahí unos versos de Alejandra Pizarnik) y en el texto central (escrito David Pérez-Becerra y Magdalena Okhuysen) se parte de Virginia Woolf. Apenas dos esbozos de que el arte del presente se alimenta de lo multidisciplinario y es trasversal completamente. Porque además el conjunto se completa con un libro objeto y fotografías que surgen de las complicaciones del entorno digital –el error y la descompostura-.

“Contratiempo” permitió que una artista explorara nuevas vertientes a propósito de la post-fotografía. Quienes la acompañamos tuvimos oportunidad de intercambiar nociones y posturas. No puedo sino celebrar la precisión de la pareja que presenta la exposición ya que también representa y plasma nuestras convicciones: “El espejo ha conformado el sistema y la ficción el diálogo que nos revela lo invisible, ese tiempo débil que enfatiza el estatismo fotográfico y evidencia la naturaleza atemporal de la memoria, la cual intima a través de la búsqueda de aquello que nos hace falta: un desahogo ficcional que nos permita reinventarnos para poder vivir el contratiempo”.

circozonico@hotmail.com

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