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Miércoles , 19.09.2018 / 14:06 Hoy

Las posibilidades del odio

Chris Cornell: ¡Adiós al perfecto vocalista!

Juan Carlos Hidalgo

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La pasión por la música en buena medida parte a través de establecer vínculos afectivos y estéticos. Tal vez estos segundos tengan una importancia incontrovertible, pero también es un hecho que construimos con los artistas nexos muy similares a los que existen con familiares y amigos; no nos parecen personas distantes sino seres con los que parecería que tenemos formas directas de comunicación.

Tal vez el mundo de la música actualmente este muy sacudido y vapuleado, pero hasta hace muy poco era un vehículo ideal en pos de ir armando la identidad individual y luego la colectiva a partir de elementos de identificación. El sentido de pertenencia resultaba muy importante, crucial. Hoy día es más fácil saltar de una escena o grupo determinado a otros sin que nadie te cuestione.

El asunto para quienes crecimos inmersos en la cultura rock durante los ochenta fue que deidades como The Beatles, Rolling Stones, Pink Floyd, Black Sabbath y un larguísimo etcétera nos quedaban distantes en edad. Teníamos que verlos como nuestros padres o hermanos mayores y ello implicaba un principio de respeto quizá hasta excesivo. No es frecuente poder estar inmerso en una revuelta musical en la que las grandes figuras prácticamente tengan tu misma edad. Ojalá y cada generación tuviera la misma oportunidad. No estoy seguro de que así ocurra a cabalidad. Pero en los noventa tuvimos ese chance.

Me tocó estar presente durante el estallido, masificación y difuminación del grunge; esa andanada que tuvo en Seattle, Washington, su epicentro. Y era algo distintivo que los músicos apenas nos llevaran unos pocos años en su mayoría. Se rompía así ese halo de distancia y respeto forzado y podíamos verlos y sentirnos como si se tratara de los cuates de la cuadra o de la escuela. Compartiendo problemas y dificultades, y siendo también marginados por una inmensa mayoría conservadora y consumidora de música chatarra y pasteurizada.

Llegó el grunge a punta de riffs guitarreros cortantes y bases rítmicas contundentes. No requería de un virtuosismo excesivo ni de habilidades técnicas inalcanzables. La llamada Alternative Nation alzó la voz y aquello cundió como un reguero de pólvora. En mitad de todo eso sentíamos que podíamos codearnos (o hacer slam) con los nuevos ídolos. No teníamos duda de que Kurt se ponía el mismo sueter raído como el que nos había regalado una tía o que los miembros de Pavement tenían la misma pinta de nerds de nuestra pandilla.

Por eso no es fácil asimilar que se vayan muriendo a quienes consideras casi como amigos. La mañana del jueves 18 nos levantamos con la noticia de que ha fallecido a los 52 años Chris Cornell, quien fuera vocalista de Soundgarden –una banda de importancia determinante para el grunge- y posteriormente de Audioslave –de extenso impacto masivo y que fue armada por miembros de Rage Against The Machine-.

Enterarme de la muerte de Cornell cala más que si se tratara de un pariente al que jamás frecuento y del que no estoy enterado de nada (y ni me importa estarlo). Viví buena parte de mi veintena rockeando con Pearl Jam, Nirvana, Dinosaur Jr, Pavement y, por supuesto, Soundgarden. Y ahí estaba Chris fungiendo como el vocalista perfecto –tanto por registro vocal (deudor de Robert Plant) como por la imagen pluscuamperfecta del rockero-.

Esa mañana escuchaba a la distancia el noticiero en el que daban la nota de la inesperada muerte, mientras estaba inmerso en la lectura del libro De qué hablo cuando hablo de escribir, en el que Haruki Murakami anota: “Casi siempre ha desaparecido lo accesorio, el alboroto, y así tenemos la oportunidad de valorarlas en profundidad, con calma. A pesar de ello, nos sigue pareciendo difícil valorar en su justa medida algo supuestamente original y coetáneo”.

Me parece que aplica muy bien a Cornell (1964), Soundgarden y su legado; será que es demasiado pronto para apreciarlo con la distancia y perspectiva requerida. Ya vendrá el momento propicio; lo que se puede ahora es manejarnos en las distancias cortas y evocar a un músico importante y trascendente a partir de la relación directa, de esos vínculos afectivos desde lo íntimo y que se sustentan –fundamental y necesariamente- en las canciones.

Ni duda cabe de que el gran público le recordara por “Black Hole Sun” y “Spoonman” en lo general, pero cada uno traza un soundtrack personalísimo con sus piezas más apreciadas y queridas. Yo tengo en lo más alto una canción tan tremenda como “Jesus Christ Pose”; ahí emerge la imagen más contundente que prefiero conservar del músico nacido en Seattle y que poseía un registro vocal magnífico al que sumó un estilo propio. Siempre lo recordaré soltando: “And you stare at me/ in your Jesus Christ pose/ arms held out/ like you’ve been carrying a load/ and you swear to me/ you don’t want to be my slave”.

La pieza tiene un espléndido juego de guitarras (que recicló creativamente a la tradición heavy metal) y plasma también ese sabor agridulce de aquellos años. No importa si se le llama grunge o no, si el término era y es acertado o no; lo que había era un espíritu de época afectado por aspectos de índole sociocultural, y también políticos y laborales. Se dio una coyuntura que cristalizó en un intento de cambiar las reglas del juego de la industria musical y el sistema del espectáculo que consiguió poco –aunque algo es algo-. Siempre hará falta algo de idealismo.

Pero una vez más lo que prevalece son las canciones. Será memorable siempre ese artista golpeando cucharas y haciendo un juego percusivo rarísimo y a Cornell espetando: “All my friends are Indians/ All my friends are brown and red, spoonman/ All my friends are skeletons/ They beat the rhythm with their bones, spoonman”.

Desde entonces hacían ya un alegato por el respeto hacía las minorías –que tan necesario resulta por estos días-. El grunge como parte de la Generación X buscó cuestionar al conservadurismo de una nación controlada por fanáticos radicales, como el que ahora está instalado en La Casa Blanca. Aquel periodo tuvo sus características muy particulares en cuyo uno de sus ejes se encontraba la imposibilidad de abrirse un futuro viable. Había una gran crisis económica y montones de experiencias existenciales y sentimentales devastadas –de ahí la postura nihilista-.

¿Qué más da si decidió suicidarse? No nos incumbe. Propongo quedarnos con lo mejor y olvidarnos que alguna vez se dejó producir por Timbalad o grabó un tema muy gris para la serie de James Bond. Todo mundo cometemos traspiés y establecemos relación con los excesos (cada quien sus vicios).

Chris Cornell poseía una personalidad magnética, podía subir a los agudos con maestría y erigirse como el frontman de ensueño de cualquier banda de rock. No fue un líder de opinión aunque en su momento la fama lo absorbió; no fue un hombre que abrazara ideas renovadoras, vivió su tiempo asumiéndose como un poderoso y espléndido músico. Que se quede para la eternidad cantando “Fell on Black Days”: “I sure don’t mind a change/ But I fell on black days/ How would I know/ That this could be my fate”.

circozonico@hotmail.com

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