• Regístrate
Estás leyendo: César Aira entre la novela gótica y el opio
Comparte esta noticia
Lunes , 15.10.2018 / 22:49 Hoy

Las posibilidades del odio

César Aira entre la novela gótica y el opio

Juan Carlos Hidalgo

Publicidad
Publicidad

No son pocas las cosas que resultan raras o paradójicas cuando nos referimos al escritor argentino; de entrada, porque en casi todas las entrevistas que concede cuenta que escribe a mano durante un breve lapso del día en algún lugar del barrio porteño de Flores –su entorno habitual-. La paradoja consiste en que con un tiempo tan acotado de escritura (poco más de media hora) le basta para publicar al ritmo de dos o tres libros por año, aunque hay que precisar que no se trata de obras muy largas. Pero con los años cuenta con una bibliografía muy amplia que se reparte entre editoriales de todos tamaños (incluso cartoneras).

Le viene muy bien a su creciente número de lectores que Random House le dedique una colección particular y vaya sumando títulos que recuperan su trayectoria, pero que también considera a las obras de reciente factura, como en el caso de Prins, una novela en la que se muestra al Aira más delirante y libérrimo conviviendo con ese autor al que le gusta reflexionar sobre la propia literatura dentro una obra literaria; aquí el Aira más excéntrico alterna con el cerebral y digresivo.

Luego entonces, ¿de qué va Prins? No es algo sencillo de explicar, aunque lo parezca. En el centro está un autor de novelas góticas (esas que tienen princesas, calabozos y dragones) que se ha hartado de su exitosa carrera comercial y decide dejar de escribir. Le sobra el tiempo libre y desea destinarlo a alguna actividad que lo lleve hasta parajes muy lejanos a los que está acostumbrado. Entonces decide convertirse en un fumador de opio.

Y es aquí que pisa el acelerador imaginante. Investiga que en un barrio de la periferia lo puede conseguir; tal sitio lleva por nombre La antigüedad. Entonces resulta que el opio que ahí le venden es una especie de gran monolito blanco –muy parecido al tamaño de una lavadora- y que al ser adquirido incluye la entrega a domicilio. Ahí entra en el juego un dealer que hace el papel de Ujier y que tras la entrega se traslada a la enorme casona del escritor, dado que la única llave para abrir nuevamente La antigüedad se encuentra atrapada en el centro de la mole blanquecina –a la que se compara con una escultura de arte contemporáneo-.

La trama se va retorciendo con la incorporación de una mujer a la que se topa durante el viaje de ida en el autobús 126 y que tal parece que es una vieja novia a la que espantó durante los años en que el protagonista estudiaba ingeniería. Alicia deja a su marido para instalarse como sirvienta y amante del autor de best-sellers. Aunque pareciera que tomó el empleo para alejarse del aburrimiento de la vida marital, resulta que más bien está como secuestrada y buscando la manera de escapar a las primeras de cambio, tal como muchas princesas en los clásicos caballerescos y góticos.

Página a página acompañamos los días dedicados al fumadero y el pasmo, que propician que el narrador haga un recuento amplio de su vida, de un supuesto matrimonio y del equipo de negros literarios de los que se valió largo tiempo para confeccionar sus novelas y que ahora se ven en la necesidad de convertirse en delincuentes callejeros. En algún momento alcanzaron juntos el éxito de ventas a través de la reescritura de obras antiguas como El castillo de Otranto, El monje y otras tantas obras de la literatura gótica de las que el gran público no tiene ni la menor idea.

Entonces viene otra paradoja, ese impostor y falsificador dedica largo a tiempo a repensar la naturaleza misma de la escritura y el sentido mismo de la literatura, pero lo hace desde la perspectiva de una figura a la que le sobrara probidad y ética. El personaje central de Prins provoca pues que haya un curioso ejercicio metaliterario, cuyas interrogantes parecieran ser las mismas que se formula el propio Aira: “Nadie sabe con claridad qué es eso de la literatura, qué es lo que hace un escritor; de ahí que lo dejen tranquilo, en el aura que la sociedad le construye, la burbuja hecha a medias de respeto y de asco”.

Nos encontramos atrapados en un círculo vicioso integrado por el escritor, el ujier y Alicia, que se atraen y se repelen. El hastío y el hartazgo se van acumulando, mientras el dueño de la mansión se sumerge en el placentero sopor provocado por el opio. Toda una serie de aseveraciones y datos se van tornando confusos, y nada parece ser cierto o definitivo. La casa parece ir creciendo y cobrando una distribución caótica; se cuenta que en algún momento estuvo casado y que la esposa millonaria puede andar deambulando en cierto apartado de la mansión. Mientras tanto en las calles se libra una batalla por apoderarse de los restos del consumo de opio, porque todavía pueden ser comercializados a bajo costo.

Mucho de lo que ocurre al interior de Prins nos hace sentir como en una película de David Lynch, dado su sentido alterado de la lógica. Por otra parte, esa decisión súbita de un escritor por abandonar el ejercicio nos instala ante una de las más grandes obsesiones del catalán Enrique Vila Matas y el seguimiento que da a ese tipo de artistas que renuncian y a los que llama Barteblys –en alusión al libro de Melville y su célebre frase: “preferiría no hacerlo”.

En muy pocas páginas (apenas 144), Aira (Coronel Pringles, 1949) consigue una muy sólida novela a la que han llamado “su particular, irónica e invertida Casa Tomada”, en referencia al famoso cuento de Julio Cortázar. Como siempre, recurre a un lenguaje aparentemente muy simple que le permite abordar situaciones e ideas complejas; le gusta enfrentar el reto de concebir una obra seria y retadora; de hecho, durante una entrevista con Carlos Madrid para el diario El país buscan perfilar el trabajo de un autor tan prolífico y ambicioso: “Lo mío es literatura literaria. Alguna vez la definí como juguetes literarios para adultos. Juegan con los mecanismos de la literatura. Los escritores nos pasamos la vida hablando mal de la metaliteratura, pero al final tenemos que reconocer que la literatura es metaliteratura. Como discípulo de Borges, siempre he estado en ese juego de ver cómo funciona la literatura, cómo funciona lo literario de la literatura. Por eso no tengo ni voy a tener nunca un público lector: voy a tener lectores que van a irme a buscar a mí específicamente. Por eso no estoy en la mesa de novedades por el color de la tapa de mi libro. Y si me eligen por esto, se van a llevar una desilusión tremenda. Esta anécdota la conté varias veces y no me hace mucho honor. Una vez caminando por mi barrio un hombre me dijo: “Adiós, Aira”. Lo miré como pensando de dónde era y me dijo: “Usted no me conoce, soy un humilde lector”. Yo me quedé pensando en el adjetivo humilde. El que me lee a mí es un lector de lujo. Los humildes son los que leen a Isabel Allende, que van allí por el entretenimiento”.

Prins es una novela misteriosa, extravagante y, por ello, sumamente atractiva; es César Aira en su estado más puro.

circozonico@hotmail.com



Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.