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Cartas oceánicas

¿Quién es ese uno?

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Ninguna rivalidad aportó tanto folclor al relato del futbol como la de Boca Juniors y River Plate, además de clubes legendarios, son los principales impulsores de la cultura popular que le rodea: lenguaje, anecdotario, distintivos, partituras, literatura, símbolos, colorido, tradiciones, cábalas y misterios. Pioneros, herederos y transmisores, de puerto en puerto o en ferrocarril, llevaron el balón entre carbón y otras mercancías, produciendo el milagro de la migración al mestizaje.

En ellos se guarda el tesoro que enriqueció el juego en esta orilla del Atlántico. Los hay más viejos, pero no más célebres. Los hay más espirituales, quizá, pero nunca tan arrasadores.

La mayoría de los clubes latinoamericanos con excepción de un puñado de clásicos uruguayos y brasileños, descienden o fueron influenciados por ellos. Son, en riguroso sentido deportivo, los Libertadores de América. Como todas las culturas ancladas en puerto, su divulgación y contagio provocados por el éxodo fue el principio evolutivo, en este caso, de la pasión futbolística en el continente. Y también, como en todas las culturas, existe una peligrosa regresión, en el mismo caso, a las más primitivas pasiones que terminan encaminando a la violencia: el peor de sus legados.

El futbol que navegó por el Río de la Plata anidándose en el interior, fue el adhesivo social entre europeos y americanos, pariendo ese estilo criollo tan original e independiente. Equipos de las mil y una noches, en sus apellidos convive el inglés cuajado en barro, linaje de potrero, con el descarado italiano curtido en la legión, que habita bajo su familiar pellejo.

La prole de Boca y River funcionó durante años para discutir si el futbol era un bien hereditario, de acuerdo a los genetistas; o una ciencia social, según los idealistas, engrandeciendo la teoría del romanticismo latinoamericano que dribla el hambre y gambetea la tristeza. Cunas de reyes, de Di Stéfano a Maradona y de Maradona a Messi, Boca y River siguen definiendo su grandeza a partir de uno, parece poco pero significa todo. Ese “uno”, al que nadie ha visto, ni conoce, pertenece a la mitad más él; ese uno en la platea, al que la otra mitad, aún no puede convencer.


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