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Cartas oceánicas

Personal de mantenimiento

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Modric y Rakitic engrasaron durante los últimos años las locomotoras que tiran del negocio del futbol internacional. Desde el medio campo de Real Madrid y Barcelona, fueron mecánicos de los equipos más poderosos del mundo. Su trabajo, visible y brillante con su selección en el Mundial, había sido invisible para muchos seguidores que a pesar de la estima que les tenían por su generosa entrega, les consideraban figuras opacas frente a la resplandeciente sonrisa de los grandes cracks. Messi, Cristiano, Iniesta, Luis Suárez o Neymar, seducían a las audiencias, vendían camisetas, firmaban los autógrafos y convencían a los sponsors; mientras estos pequeños croatas que no pasaron por el odontólogo, ni se blanquearon la dentadura para la foto; apretaban la mandíbula y salían todos los días por la puerta del personal de mantenimiento. Modric y Rakitic, han guardado un escandaloso silencio en el moderno entorno de los clubes: son, casi, un par de monjes de clausura. Su tránsito por Rusia 2018 representa el camino humilde y perseverante que Croacia ha recorrido para llegar a lo más alto del futbol mundial. Todos los equipos deberían tener un croata, se recomiendan para asegurar las labores de vigilancia y conservación sobre los asuntos del futbol que resultan normales, pero cuando dejan de trabajarse, se vuelven determinantes: correr, pasar, presionar, organizar, sudar y volver a empezar cada partido. Jugadores de un perfil solidario y hogareño, la selección de Croacia ha sabido devolverle al juego ese aspecto civil, terrenal y familiar. Nunca veremos a sus futbolistas en los anaqueles, ni encabezando las portadas; los disfrutaremos, eso sí, en las escrituras del juego que explican este deporte como una serie de derechos y obligaciones.

josefgq@gmail.com

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