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Miércoles , 18.07.2018 / 03:45 Hoy

Cartas oceánicas

Pasajero 32

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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El Mundial descubrió esta semana una antigua civilización enterrada: Perú, el pasajero 32 de Rusia 2018, permaneció oculto durante 36 años prohibiendo que una gran parte de los aficionados modernos conocieran su legado. Hubo un tiempo en que la selección peruana competía con elegancia en cualquier cancha del mundo. Su futbol tenía la personalidad que la historia de un país imprime a los equipos: migración, integración, mestizaje, diversidad. Jugaba con cultura, tenía un sello cortés. Más refinado que el ecuatoriano, menos luchón que el boliviano y sin los ritmos del colombiano, los peruanos transitaron por las cordilleras del futbol sudamericano con sus emperadores al hombro: Teófilo Cubillas, Cholo Sotil, Julio Meléndez, Héctor Chumpitaz o Juan Carlos Oblitas, fueron ídolos, fundadores y patriarcas, en los que se reconocía la nobleza y educación del estilo peruano. Pero su mayor rasgo de distinción, terminó convirtiéndose en su principal signo de debilidad: la delicadeza de su juego le impidió competir en una época donde el futbol sureño llevó el espectáculo a una disputa cuerpo a cuerpo. La brusquedad de las eliminatorias le orilló en el olvido. Como todas las selecciones que pierden la memoria, Perú se entregó a las modas que pretenden estandarizar las tradiciones: se acorrientó. Dejó de ser aquel equipo original que con buena planta y corrección, expresaba su talento. En su insistencia por parecerse al resto, abandonó la cariñosa relación que tenía con el balón: lo tocaba con respeto. La última versión peruana recupera su ancestral sabiduría, dueña de una inmensa franja que le atraviesa el pecho, destaca con los mejores trazos la riqueza del futbol andino. Perú es uno de los equipos que más falta le hacían a este juego.

josefgq@gmail.com

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