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Miércoles , 14.11.2018 / 00:02 Hoy

Cartas oceánicas

Momentos inesperados

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Ningún partido de entrenamiento por más serio que parezca, es comparable al primer partido del Mundial: un instante en una vida. No importan los rivales, el escenario o el proceso, jugar una Copa del Mundo modifica todos los factores que podían planearse o creer tener bajo control. Si el futbol suele ser impredecible, la belleza emocional de los mundiales son su mejor ejemplo. De toda esta alteración, por lo general anímica, salen inmunes los equipos formados por jugadores cuajados en grandes competiciones. Ahí radica la diferencia entre selecciones capaces de enfrentar situaciones complejas de una forma natural, y aquellas que van aprendiendo en el transcurso de la competencia a resolver momentos inesperados. En ese vértigo también se identifica la personalidad. La historia de los mundiales deja claro que hasta los más poderosos tropiezan, y aunque en menor medida, aquellos cuadros considerados débiles no pueden descartarse para hacer lo que comúnmente se dice, como la chica. Por más que se analice, nunca debe perderse de vista que el Mundial se trata de un torneo gigantesco, pero corto: tres partidos como mínimo y siete como máximo, tienen la facultad de resumir un largo periodo de cuatro años y en algunos casos, muchos más. La decisión de prepararse para la historia o para un mes en particular, define el proyecto deportivo de un equipo de futbol. Alemania, España y Francia lo tienen claro; Brasil lo recuperó, Argentina lo olvidó, Italia lo perdió, Holanda lo confundió, y selecciones emergentes como México, deben entender que una Copa del Mundo no se juega durante unas semanas, sino durante toda una vida. Al final, en esto que representa la importancia de saber jugar un Mundial, queda un misterioso espacio para la suerte.

josefgq@gmail.com

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